La Plaça d’Espanya estuvo dedicada al rock en catalán. En la imagen, actuación de Els Pets, banda que congregó a 7.000 personas. | Pere Bota

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En una escena de Rounders, cinta protagonizada por Matt Damon, se escucha una voz en off: «Si a los cinco minutos de empezar una partida de póker no sabes quién es el primo, el primo eres tú». Alguien en Cort no ha visto Rounders. De lo contrario entendería el rol que ocupan en este desaguisado en el que se ha convertido la Revetla.

El cartel era, con mucho, el más deplorable de los últimos tiempos, y no vale escudarse en un presupuesto debilitado por la crisis, la gracia está en atinar cuando el erario público pone a prueba la imaginación.

Nuevamente, Cort no ha podido tapar un vodevil que le deja en cueros y sin argumentos, a pesar de algún intento frustrado de escurrir el bulto –léase encuesta ciudadana–. Hace tiempo que Sant Sebastià se transformó en la crónica del desencuentro del pueblo con una alcaldía, víctima de su ausencia de autocrítica, en un entorno temeroso que nunca encuentra el momento de decirle a su rey que va desnudo. Un año después nos encontramos ante el mismo decorado: Palma se echa a la calle a torrar, consciente de que la música es una actividad meramente accesoria. El desencanto ciudadano ha dejado un cráter que amenaza la imagen pública de su responsable. Ya ven, Sant Sebastià no levanta cabeza. Esperemos que el próximo año la comisión de fiestas trabaje más intensamente el brainstorming, y sea capaz de montar un cartel con gancho. La solución, ya lo apuntábamos desde esta tribuna hace un año, pasa por poner en práctica la ecuación de calidad en detrimento de cantidad. Debieron tomar nota porque hemos pasado de un cartel con medio centenar de artistas a la treintena escasa de esta edición, pero ni así oiga.

Como siempre, la apuesta fue de lo más ecléctica -pop, rock, electrónica, músicas del mundo, swing, jazz, ...-, los descubrimientos primaron por encima de los grandes nombres. De ese modo arrancaba Sant Sebastià, con el ball de bot de Revetla de Sant Antoni tomando las riendas en la Plaça Major. Descorchadas las fiestas, el resto de plazas fueron desgranando progresivamente sus propuestas sin incidencias destacables (consultar páginas siguientes). Unas rozaban el lleno– Plaça de la Reina, Llotja y Major–, otras lucían un buen aspecto, aunque sin las estrecheces de antaño –Plaça de l’Olivar, Espanya, Cort y Joan Carles I–, y en otros puntos los que torraban superaban ampliamente a quienes se apostaban a los pies del escenario –Sant Domingo de la Calzada–. Por su parte, la climatología arrimó el hombro, por primera vez en años la lluvia no empañó el desarrollo de las fiestas. Quien lo diría, habida cuenta que la pólvora del cartel estaba mojada.