Olga Román, junto a Sabina durante el concierto de anteanoche. Foto: JOANA PÉREZ

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NICO BRUTTI

Más de dos horas de concierto. Pase de capote incluído, imitando al torero que a veces se le mete en la piel. Un puñado de canciones nuevas, otros versos de antaño convertidos por obra y arte de esa voz cascada en clásicos de hoy y de siempre. Más de 5.000 personas en el Coliseo Balear rendidas a sus pies. Un personaje que a pesar de sí mismo, se resiste a caer vencido. Joaquín Sabina en gira. Su enésima gira, llamada en esta ocasión «Carretera y Top Manta». Algunos flashes de lo que el sábado noche se vió, se oyó y se palpitó en la plaza de toros de Palma.

Bombín y chaqueta de frac negros, vaqueros y deportivas rojas, el trovador hizo su aparición en el escenario pasadas apenas las diez. Con su bastón en la mano derecha, apenas se despachó con un «Bona nit» y arrancó lo que sería una especie de antología de su extensa carrera como cantautor. Un poco ajado o, si se quiere, añejo, lo que le agrega encanto, cuerpo y madurez, Sabina se las compuso para lucir digno, aunque muy meláncolico.

Extrajo de su maleta repleta de canciones el tono casi intimista y reposado como si la plaza de toros de Ciutat le quedase pequeña. Nunca quiso aparecer como el chulo que alguna vez fue, y a cambio de eso ofreció a sus músicos protagonismo. «Pájaros de Portugal», «Pie de Guerra», «Ay, Rocío», «Paisanaje», «Con lo que eso duele» o «Nube negra» le sirvieron de pretexto para justificar su último álbum, «Alivio de Luto», para adentrarse, entonces sí, como quitándose de encima un peso, en sus clásicos, esos que todos fueron a escuchar.