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Casi con toda seguridad, hay que ser mallorquinista para interiorizar y comprender la desenfrenada pasión con la que la hinchada balear ha abrazado la eliminatoria de ascenso a Segunda; una empresa menor si se toma como referencia todo lo que ha conseguido durante las dos últimas décadas, pero que ha adquirido un rango superlativo entre la afición balear.

Sólo la decisión del Mirandés de limitar el cupo de entradas ha impedido que una marea roja haya tomado Anduva. Es probable que la enérgica reacción del mallorquinismo ante el mayor naufragio de su historia moderna resulte casi inexplicable, aunque es evidente que el fervor y militancia que está exhibiendo en el playoff si parece estar espoleado —en parte— por las humillaciones recientes.

Desde que perdió su sitio entre la aristrocaria nacional, la hinchada del Mallorca ha vivido entre falsas promesas y decepciones, de ahí que su respuésta ante una pequeña alegría haya sido descomunal. Casi 14.000 espectadores alentaron a la escuadra de Vicente Moreno en el partido de ida y otra legión se detendrá esta tarde para empujar desde cualquier rincón.

Con una renta de dos goles y el hándicap del gol que logró anotar el Mirandés en Palma (3-1), el Mallorca se sabe superior a su rival, aunque este detalle tampoco garantiza el ascenso. Aparentemente, en Anduva le aguarda un partido más físico y un Mirandés perfectamente aclimatado. El conjunto bermellón parece predestinado a sufrir ante un rival que deberá tocar la corneta, pero no hay éxito huérfano de sufrimiento.

Con el talonario de Sarver como gran aval, existe cierta unaminidad en que el único acierto del actual equipo gestor durante las última temporadas ha sido la contratación de Vicente Moreno, un entrenador que ha logrado reestablecer la normalidad y priorizar los asuntos estrictamente futbolísticos. Su estilizada figura emerge por encima de cualquier otro protagonista. Si el Mallorca resiste en Anduva, será un ascenso de autor.