Su boda estuvo rodeada de especulaciones, incluso sobre un intento de fuga de la novia | Reuters

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Han pasado diez años desde que Alberto II y Charlene de Mónaco se dieron el «sí, quiero» en una ceremonia civil y luego religiosa. Su boda estuvo rodeada de especulaciones, incluso sobre un intento de fuga de la novia, pero la pareja ha demostrado en este tiempo estar por encima de la polémica.

Charlene era nadadora profesional y él todavía príncipe heredero cuando sus caminos coincidieron en el año 2000 en un campeonato internacional en el Principado. Entre ese encuentro en el que él le ofreció un ramo de flores tras haber ganado los 200 metros espalda y la primera vez que la invitó a salir pasaron doce meses.

El flechazo no fue inmediato, pero la relación se asentó y hasta 2006, fecha en la que la hicieron oficial en la apertura de los Juegos de Olímpicos de invierno en Turín, consiguieron vivir a espaldas de una prensa omnipresente y no siempre benévola.

Alberto, que accedió al trono en 2005, tenía para entonces 48 años y ella 20 menos. Sus apariciones públicas contribuyeron a acallar los rumores en torno a la supuesta homosexualidad del monegasco, pero sobre la felicidad de esa unión sigue persistiendo la duda.

La princesa triste

Antes incluso de pasar por el altar, a ella la llamaban ya la «princesa triste». Los gestos cómplices entre el nuevo matrimonio, escasos y breves ese 1 y 2 de julio de 2011, alimentaron los argumentos en su contra en su gran día, para el que Mónaco se había engalanado con banderas sudafricanas en honor al país natal de la novia.

Hasta que Charlene se incorporó oficialmente a la familia el peso del rol de primera dama había recaído en Carolina, hermana mayor del príncipe y embajadora oficial y oficiosa del glamour del Principado, el mismo que atrajo a miembros de la realeza y del espectáculo cuando la actriz Grace Kelly se casó con Rainiero en 1956.

Los progresivos posados de la princesa delante de las cámaras han sido testigos de su evolución estilística. De su primer baile de la Rosa, al que ella admitió haber ido «como un árbol de Navidad», con un vestido verde y las uñas de rojo, a sofisticados conjuntos de Chanel y Dior que se han convertido en sus básicos de armario.

Su presencia en actos oficiales, no obstante, se limita la mayoría de veces a aquellos en los que no estar sería inexplicable. Y su ausencia va acompañada siempre de rumores de crisis o separación, que ellos intentan acallar con declaraciones grandilocuentes de amor en la prensa.

«Antes de que nos casáramos fuiste mi amigo, mi guía, me protegiste. Cuando llegué a Mónaco, tuve que adaptarme a un nuevo ambiente. Aprendí escuchando, observando, pero fuiste sobre todo tú quien me ayudó y me mostró el camino. Estaré siempre a tu lado», le decía a Alberto el pasado enero.

Dos hijos en común

Sus mellizos, Jaime y Gabriela, nacieron en diciembre de 2014. Fueron sus primeros hijos en común, y el tercer y cuarto vástagos para el soberano, que tenía ya otros dos reconocidos y nacidos fuera de su matrimonio, por lo que carecen de derechos sucesorios.
Las redes sociales han visto crecer a los dos pequeños a través de las fotos que sus padres cuelgan con frecuencia en Instagram, donde comparten tanto momentos íntimos en familia como actos oficiales.

Instagram ha sido también el medio elegido para ofrecer al mundo una recapitulación de esta última década como marido y mujer, con una miniserie documental de diez episodios, difundida este jueves, que se remonta a su primer encuentro y recorre desde entonces acontecimientos destacados de su vida personal y profesional.

La celebración en sí del aniversario será a distancia. Charlene está en Sudáfrica, país al que había viajado en una misión oficial contra la caza furtiva y donde se recupera de los procedimientos a los que ha tenido que ser sometida tras contraer una infección severa en los oídos, la nariz y la garganta.