Llegar a la finca es como llegar al fin de un estadio particular. Parece que no se llega pero sí, al final de un largo y sinuoso camino de pedra en sec allí está esta casona de campo mallorquina restaurada por manos francesas de manera ecléctica y como uno esperaría de un francés o de una francesa sorprendente. Sin embargo, lo que me llamó la atención la semana pasada durante el brunch al que fui invitado fue la variedad de caras bonitas, atractivas o muy cool que encontré y que no había visto en la vida.

Es algo que me fascina, ver caras nuevas incorporadas a la Isla, caras frescas que traen su saber para compartirlo, regalarlo, y para que se quede para siempre. Lo cierto es que nos trasladamos a una Mallorca distinta de la habitual porque así quisimos verlo, pero es la de siempre. Creen que cambia pero no, se adapta porque le da la real gana. En realidad, no nos sorprende nada, lo hemos visto y vivido casi todo los mallorquines, y lo hacemos con naturalidad, sin inmutarnos, qué nos van a contar después de haber sobrevivido a varias civilizaciones e invasiones. No tiene que abordar este fin de semana con una visión global de lo que queremos ser o conseguir. De hecho, probablemente será mejor dejar espacio y planes para una sorpresa muy agradable.

Lo que sí sería de ayuda es que tuviéramos una idea clara de lo que no queremos y aprovechar al máximo las oportunidades que se presenten. Es lo que hicimos, aprender de esa gente tan cool y divertida y comer sus delicias mientras compartíamos charlas interesantes para despedir el verano más largo de la historia. Qué lugar más hermoso que esta finca del siglo XVII, renovada con gusto, para celebrar el final de la temporada estival en Mallorca ¡después de dos años de covid! Con unos invitados privilegiados alrededor de la enorme piscina, bajo el suave sol de otoño. En el menú: 'Músicas del Mundo' de Adam Guerrero, panes franceses de Louis Copain Mallorca.

El buffet mallorquín elaborado en las cocinas de la casa y la sencillez, elegancia y eclecticismo en la imagen de nuestra Isla. Todo fotografiado por M. Cavallier y la magia del equipo francés que se ocupa de la casa, que es única. Los anfitriones, Gary Rosenberg y Caroline Clough, fueron agradabilísimos, pero lo más fue conocer al genio Xavier Sequin, el que quiso comprar Drah, la famosa discoteca de finales de los 80. Y no le dejaron, claro. Sigo.