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Podríamos hablar de estilo, del estilo de Letizia, pero sería andar sobre lo andado en demasiadas ocasiones. Creo que es el momento de analizar a la nueva mujer que se esconde tras esos trajes que tanto llaman la atención, a veces para bien, y en otras para suscitar críticas que no dejan ver el verdadero potencial de esta periodista convertida en reina de España, con todo lo que ello significa, y en momentos nada fáciles. Ser reina es lo más parecido que hay a una vida de clausura en convento austero. Llegó a La Zarzuela titubeando, y no es para menos.

Lejos de amedrentarse, y aun a riesgo de perder la salud, fue capaz de sobrevivir a esos años oscuros en los que le costaba encontrar su lugar. A doña Sofía, según confesó ella misma, le pasó lo mismo, vivió una especie de depresión fruto del vacío que sentía una vez sus hijos estuvieron criados y la Corona asentada. Hasta que encontró su lugar en el mundo, su misión, ayudar a través de las ONG que decidió apoyar en viajes que la llevaron por medio mundo. A doña Letizia le tocaba ser madre de los herederos y lo fue, en medio de rumores absurdos que hubieran acabado con la confianza de cualquier otra mujer. Perdió a su hermana, sufrió el descalabro familiar de los Borbones, aguantó chaparrones que superaron el de su boda y lo hizo en público, a la vista de todos, con una sonrisa forzada o mostrando un carácter volcánico del que ha de sentirse orgullosa.

La nueva Letizia, ya reina, manda y aguanta porque por fin cree en la institución que representa. El proceso de creer no ha sido fácil. Se ve en la educación que ha dado a sus hijas, dos jóvenes que al menos en público parecen felices, seguras de sí mismas pese a la adolescencia que están viviendo y sufriendo, acarameladas con sus padres, que no hay mayor señal de salud mental que esa y, sobre todo, dos jóvenes frescas en las que ya descansa plácidamente el futuro. El pasado está ahí, pero el presente en modo Letizia vale la pena vivirlo con orgullo, porque esta mujer hecha a sí misma se lo ha ganado, me temo que sola.

Que no se quede solo en un vestido más o mensos acertado, aunque ojo, tras cada elección estilística, y no solo en la reina, hay un mensaje que quiere trasladarnos. En el de ahora hay uno claro: la Monarquía hispánica es pobre, no está para gastos superfluos, anda en modo ahorro. De ahí que no se celebre la recepción en La Almudaina. Cuando la retomen, que sea en los jardines de Marivent, por favor se lo pido, Majestad.