Benjamí Costa: «Me encantaría formar parte del equipo del Ministerio del Tiempo para viajar a determinadas épocas»

| | Eivissa |

Valorar:
preload
Arqueólogo desde que tenía uso de razón. Lo de Benjamí Costa es vocacional. Y es que este ibicenco ya sabía con 12 años que quería ser arqueólogo y con apenas 15 y 16 años empezó a colaborar con el museo gracias a Jordi Fernández. Hoy, tras publicar numerosos trabajos y libros, participar en decenas excavaciones, es el director del MAEF. Foto: DANIEL ESPINOSA

Arqueólogo desde que tenía uso de razón. Lo de Benjamí Costa es vocacional. Y es que este ibicenco ya sabía con 12 años que quería ser arqueólogo y con apenas 15 y 16 años empezó a colaborar con el museo gracias a Jordi Fernández. Hoy, tras publicar numerosos trabajos y libros, participar en decenas excavaciones, es el director del MAEF. Foto: DANIEL ESPINOSA

20-03-2016

Llegamos al Museu Monogràfic del Puig des Molins, en la Vía Romana de la ciudad de Eivissa, y lo primero que nos encontramos es un grupo de estudiantes del Instituto Santa María que está de visita en el centro junto a la arqueóloga Carmen Mesquida. Mientras escuchamos con atención las explicaciones, a los pocos minutos aparece por una puerta lateral, medio escondida, nuestro aspirante a Sardina Negra de esta semana, el director del Museu Arqueològic d’Eivissa i Formentera, Benjamí Costa. Lo hace con una gran sonrisa, vestido con una chaqueta azul marina, camisa azul clara, pantalón vaquero y zapatos marrones, y tras estrecharnos la mano cordialmente nos lleva hasta su territorio, la Necrópolis de Puig des Molins.

No en vano, este hombre nacido en Eivissa en 1959, de amplia descendencia ibicenca, ha pasado en esta zona más de media vida. Hijo único, su padre y su abuelo regentaban la empresa de barcas de Talamanca y a pesar de que con cinco o seis años ya era capaz de gobernar una embarcación, con el paso al bachillerato descubrió que quería ser arqueólogo. Lo hizo desde el primer día que se coló, en compañía de dos amigos suyos, en los hipogeos que aun no se habían descubierto. Tal es así, que su relación con el museo comenzó de la mano de Jordi Fernández en 1975, cuando apenas tenía 16 años y tras licenciarse en Prehistoria e Historia Antigua por la Universitat de Barcelona en 1981, durante los dos años siguientes participó en unas excavaciones realizadas por el Ministerio de Cultura en el Puig des Molins. Después, en 1985 se convirtió en conservador del museo y luego, con el paso de los años, mientras centraba su labor de investigación en la Prehistoria de las Pitiüses Benjamí aprovechó cualquier día libre para sumarse a cualquier excavación arqueológica que se realizaba en Eivissa, tanto en la ciudad como en el extrarradio, y publicar tantas publicaciones que no cabrían en esta entrevista. Y si por si eso fuera poco, nuestro aspirante de esta semana es desde hace casi un año el director del Museu Arqueològic d’Eivissa i Formentera. En fin que Benjamí Costa es una de esas personas al que parece que le falten horas en el día para hacer todo lo que hace.

—Buenos días. Estamos en el Museu Monogràfic del Puig des Molins, pero no puedo dejar de preguntarle por la sede del Museu Arqueològic d’Eivissa i Formentera en Dalt Vila. ¿Para cuando lo veremos abierto?

—Bueno, si todo va muy bien para dentro tres y cuatro años pero desgraciadamente, como esto no suele pasar, me da la sensación que tendremos que esperar algunos años más.

—¿Veremos pasar tantos ministros como con el Museu Monogràfic del Puig des Molins?

—(risas). Esperemos que no. Éste estuvo cerrado 17 años y eso fue una barbaridad. Esperemos que no se repita por el bien de todos.

—Bueno. ¿Por qué nos ha citado aquí?

—Porque trabajo aquí y porque mi relación con este museo y con esta zona de Eivissa comenzó hace más de cuarenta años. Casi nada.

—¿Tanto?

—(risas). Si, la verdad que fue hace mucho. Mira, yo nací en el barrio de Sa Penya, en el seno de una familia relacionada con el mar que fue la que fundó la naviera de las barcas de Talamanca, y desde bien pequeño jugaba en la calle o me bañaba con mis amigos detras de El muro y Sa Torre. Incluso, cuando tenía cinco o seis años, al igual que mis primos, ya sabía gobernar una barca subido a una caja para poder ver más allá de la proa. Eran otros tiempos pero imaginese la cara de algunos turistas mientras yo estaba al timón y mi padre cobraba los tiquets. El mundo al revés (risas)

—Y entonces, ¿cuándo cambió todo?

—Con el paso al Bachillerato. Nos mudamos a la zona de Puig des Molins y casi sin darme cuenta me encontré jugando entre hipogeos con unos amigos.

—¿Si? Perdone, pero eso suena a película de aventuras de los ochenta, tipo Los Goonies...

—(risas). Pues un poco, pero es completamente cierto. A los diez o doce años, cuando iba al Santa María, junto a dos amigos, uno tristemente fallecido en un accidente de tráfico, comprábamos velas en una tienda del final de Vara de Rey para usarlas como linternas y nos colábamos dentro de las tumbas. Incluso, al principio, para no perdernos, compramos unas cuerdas que atábamos a una higuera que había a la entrada para no perder el rastro y regresar sanos y salvos.

—¿Tan amplios eran los enterramientos?

—(risas). Hombre para nosotros sí. Creíamos que eran como catacumbas, aunque realmente eran los agujeros que se hacían para los saqueos. Aún recuerdo con emoción cuando veíamos la esquina de un sarcófago o encontrábamos algún trozo de cerámica. Incluso algunos los iba guardando en mi casa como si fueran tesoros.

—Veo que eso le marcó completamente...

—Por supuesto. Yo con 12 años ya quería ser arqueólogo y nada más.

—¿Y cómo empezó su relación con el Museo? Porque tengo entendido que también va para largo...

—Pues sí. Comenzó cuando tenía  15 o 16 años, al poco de entrar Jordi Fernández como director. Él hizo un llamamiento en las páginas de un periódico local buscando jóvenes interesados por el mundo de la arqueología y la historia y yo me presenté casi al día siguiente. Al principio, como se me daba muy bien el dibujo, colaboré haciendo los dibujos de los materiales pero luego, en COU y antes de irme a la Universitat de Barcelona, me metí de lleno con otro grupo de jóvenes que llevaba Joan Ramón Torres. Sí, mi relación con el museo data de hace mucho tiempo (risas).

—Tras licenciarse siempre ha colaborado con Eivissa. ¿Recuerda el subidón de su primer hallazgo?

—Por supuesto. La primera excavación que yo dirigí fue al volver del servicio militar, en el sector noreste de Puig des Molins, un lugar donde se iba a construir un parque público. Me la encomendó Jordi Fernández pero, para mi desgracia, los restos que encontramos no eran de mi especialidad, la Prehistoria y la Edad del Bronce, sino de construcciones medievales islámicas. Así que tuve que ponerme las pilas volverme más polivalente. Desde entonces siempre digo que soy aprendiz de todo y maestro de nada.

—¿Ha cambiado mucho la arqueología en todo este tiempo?

—Sin duda. Pero no sólo a nivel de los medios de que se disponen sino tambien del respeto que hay hacia los restos arqueológicos. Antes corríamos detrás de las escavadoras y ahora delante y eso es muy importante.

—¿Por qué ha cambiado el respeto por los restos?

—Por varios motivos. Por un lado hay mayor información entre la ciudadanía, por otro los estudiantes cada vez saben más de su historia, y finalmente porque las sanciones para los que sepultan restos son cada vez más duras. Todo eso ayuda.

—¿Y ha cambiado la figura del arqueólogo? ¿Usted no soñaba con ser Indiana Jones?

—(risas). Bueno a mi Indiana Jones ya me pilló un poco crecidito. Tenga en cuenta que la primera película de la saga se estrenó en 1981, cuando yo estaba haciendo el servicio militar... pero bueno, aunque nunca he sido una persona de idealizar a nadie admiraba a otros expertos, sobre todo por sus logros científicos y sus aportaciones a la historia.

—Con todas las excavaciones arqueológicas en las que ha trabajado, la mayoría en Eivissa y en Catalunya, ¿no le picó el gusanillo de explorar fuera?

—Si  le  digo  la  verdad no mucho. Siempre me interesó una cosa muy concreta de la historia y esa tenía que ver con Eivissa. Así que, pienso que no. Me gusta mucho lo que hago por intentar descubrir lo más posible de nuestra historia, sobre todo lo relacionado con la época romana y púnica.

—¿Y para ello no le gustaría tener una máquina del tiempo?

—Hombre para algunas cosas sí.  Sería fantástico, aunque creo que me gustaría viajar al tiempo como mero espectador. Es decir, estar en un segundo plano para así poder descubrir muchas cosas sobre las que tenemos muchas dudas. Sería genial.

—¿A quien le encantaría conocer si pudiera viajar al pasado?

—Creo  que  al  general cartaginés Anibal Barca. Me encantaría conocerle y acompañarle en la campaña que llevó a cabo contra Roma allá por el 216 a.C. Me encantaría preguntarle o comprender en persona porque no decidió asediar Roma cuando, en teoría, lo tenía todo a favor. Es algo que siempre me ha intrigado sabiendo como se que fue uno de los mayores genios militares de la historia.

—¿Por que no se lo plantea a los miembros del Ministerio del Tiempo? A lo mejor tienen un hueco para usted o hay alguna puerta en Eivissa...

—(risas). ¿Se imagina? La verdad es que me encantaría formar parte del equipo del Ministerio del Tiempo y poder viajar a determinadas épocas. Pero no de forma permanente, sino que sólo me llamaran para cosas puntuales porque aquí tengo mucho trabajo. Además, me daría mucho reparo el tocar algo y poder alterar el futuro (risas).

—¿Ahora como director del museo, ¿no echa de menos salir del despacho? Me imagino que será todo muy diferente.

—En ocasiones, pero también estoy encantado con el trabajo que desarrollo. Creo que estamos haciendo un buen trabajo por acercar el museo y nuestra historia a los ciudadanos de Eivissa y a los turistas. Además, no se crea, no me aburro. Escribo, doy conferencias... soy de esos que como me enganche con algo no paro hasta terminarlo.

—¿Sus hijos seguirán por su camino?

—Pues la verdad que ninguno. Mi hijo estudia audiovisuales y tiene la vista puesta en poder trabajar en Nueva York, y mi hija ha estudiado Educación Social en Barcelona y ha participado en un programa de cooperación de la Universitat de Barcelona en el que han creado una escuela en el sur de Marruecos. Es todo corazón.

LA PREGUNTA

—¿Alguien a quien admire?

—A mis padres. Soy hijo único y ellos se tuvieron que apretar mucho el cinturón para que pudiera estudiar. Venimos de una familia muy humilde con un negocio que no dejaba mucho dinero porque buena parte de lo que se ganaba se reinvertía en el mantenimiento de las barcas o en comprar motores nuevos. Además, mi padre pasó la Guerra Civil y la Posguerra, con todo lo que eso supuso.

EL TEST

Un libro 

De mi juventud Cien años de soledad de García Márquez y ahora Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar

Una película

Casablanca

Una serie

He visto dos episodios de Buscando el norte  y me han gustado  mucho

Un cantante o un grupo

Deep Purple

Un color

Amarillo

Un plato de cocina

Arroz a la marinera

Un deporte

Cuando era joven me gustaba practicar el balonmano y ahora para ver el fútbol, sobre todo si juega el Barça

Un lugar de la isla donde perderse

Cala Sant Vicent

Un viaje que nunca olvidará

El primero que hice a París con mi mujer

Una manía

Que no me cambien las cosas de lugar.

Un defecto

A veces peco de inconstante

Una virtud

Honesto

Un sueño por cumplir

Que el museo desarrolle su potencial y ver abierto dentro de poco el de Dalt Vila

Alguien a quien admire

No soy muy de ídolos pero tengo gran admiración por el catedrático Miquel Tarradell Mateu. Y también a mis padres

Comentar

* Campos obligatorios

De momento no hay comentarios.