Uno de los detenidos en la operación contra los 'Ángeles del infierno' de 2013.

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Grandes, tatuados y con cara de malotes. A principios de 2010 los 'Ángeles del infierno' desembarcaron oficialmente en la Platja de Palma, para entonces un paraíso de juergas interminables, legiones de turistas germanos ebrios y una ruta de decadentes prostíbulos. Meses antes, en noviembre, una avanzadilla actuó como ojeadores. Comprobaron que la zona era la idónea para las actividades de la organización y pasaron el informe a sus superiores. Todo muy militar, porque los Hells Angels son un grupo jerarquizado. Piramidal.

Lo de las motos, en realidad, era lo de menos. O la fachada. Bajo esas chupas de cuero y las Harley Davidson se escondían, en realidad, una banda de forajidos que seguían anclados en el Lejano Oeste. De Alemania tuvieron que huir porque la Polizei no se andaba con chiquitas y día sí y otro también llevaban a cabo redadas y detenciones. Como se sentían poco queridos en su tierra, los rudos moteros cambiaron a otros aires más cálidos. Y ahí entra en escena nuestra Isla, un imán en ocasiones - o casi siempre- para los más desviados del rebaño.

Durante los primeros meses montaron su infraestructura y explotaron los prostíbulos que controlaban, sabiendo que en aquellos locales la información es poder. Siempre caía algún modélico padre de familia de Berlín o de Hamburgo, cuyas fotografías femeninamente acompañado se adjuntaban a su informe: "O pagas o tu familia sabrá lo que haces aquí de vacaciones". Escueto y claro. Un mensaje diáfano.

Luego llegaron las palizas. tan frecuentes como un entreno en el gimnasio. Y los sobornos a algunos policías, que en todas partes cuecen habas. Cuentan que solo eran educados cuando llegaban a la sucursal bancaria a ingresar sus ahorrillos. Con los bancos no querían problemas y las entidades con ellos tampoco, así que todos contentos.

Pero los moteros se pasaron de frenada. Una cosa es controlar algunos clubs de alterne y otra colonizar la Platja de Palma con gigantescos tipos con cara de pocos amigos y chalecos de cuero hasta en verano, que no es lo mejor para transpirar. Los forzudos a dos ruedas acabaron cayendo uno a uno, como las fichas de un dominó. Ahora, once años después, han vuelto con ganas de revancha. Que Dios nos pille confesados.