En las entrañas de Son Sant Joan

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Es una de las zonas más vigiladas por una unidad de élite de la Guardia Civil: los TEDAX

Es una de las zonas más vigiladas por una unidad de élite de la Guardia Civil: los TEDAX

A. Sepúlveda

Es uno de los puntos más vigilados de la Isla. Y, a la vez, uno de los más desconocidos. Bajo el aeropuerto palmesano se esconde una red laberíntica de pasadizos de más de tres kilómetros, donde se almacena el cableado necesario para que Son Sant Joan puede operar. Ultima Hora, en exclusiva, se adentró en esas controladísimas entrañas aeroportuarias con un equipo de los TEDAX de la Guardia Civil.

El búnker de hormigón recorre por el subsuelo todo el recinto, desde la terminal hasta las pistas. Es una pequeña ciudad subterránea, que esta unidad de élite de la Benemérita custodia a diario. De forma minuciosa y con tecnologías punta, como dos robots teledirigidos. Uno, más pequeño, es capaz de recorrer espacios angostos; el otro, de mayor tamaño, tiene una movilidad más reducida. Los aeropuertos de cualquier país son siempre objetivos prioritarios de grupos terroristas o de algún conflicto bélico, por lo que la seguridad en estas catacumbas modernas son extremas.

El acceso a las galerías se realiza desde el perímetro exterior, cerca de la autopista, por una escaleras que descienden. Unas puertas rojas blindadas avisan de que empieza el camino. Una vez dentro, los teléfonos móviles no sirven de nada porque no hay cobertura, de ahí que los expertos de los TEDAX (Técnicos Especialistas en Desactivación de Explosivos) utilicen walkie-talkie con tecnología militar. No es el único aparato que llevan encima. Un contador, como los de las centrales nucleares, avisa a los agentes si hay alguna fuga de gas o ausencia de oxígeno. Una luz roja se activa y los guardias tienen tiempo para reaccionar.

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En algunos tramos hay localizadores para que nadie se pierda y pueda ubicarse.

Los túneles tienen unos dos metros de ancho por dos y medio de alto, aproximadamente, y a cada lado las paredes están cubiertas de estanterías, por las que discurren los tubos y cables. La alimentación del gran monstruo que está unos metros más arriba.

Escotillas

A medida que nos adentramos en los pasadizos, detectamos escotillas en el techo, estratégicamente colocadas. Son salidas de emergencia, por si hay alguna alerta y las unidades no pueden desandar sus pasos a la puerta roja. Alguna vez se ha colocado un gato y hay algunos roedores, pero las rondas por este circuito enterrado suelen ser tranquilas, sin sobresaltos. «El otro día encontramos una bolsa de Doritos, que debió dejar algún operario que picaba mientras trabajaba», cuenta uno de los TEDAX.

La oscuridad, allí abajo, es casi absoluta. Solo algunos tramos ligeramente iluminados. De ahí que los guardias civiles tienen que utilizar potentes linternas. En un pasillo de 100 metros, por ejemplo, nos topamos solo con dos puntos de luz. Y tenues. El destacamento policial que custodia las entrañas del aeropuerto se conoce a la perfección esos tres kilómetros de caminos serpenteantes, pero no todos los visitantes -como técnicos u operarios- tienen su experiencia, por lo que en determinados puntos hay paneles indicativos, para orientarse. Un You are here, en argot turístico. Durante el trayecto subterráneo, que puede llegar a ser claustrofóbico, los agentes recuerdan que «no conviene» tocar las estanterías de ambos lados, porque podría producirse una descarga eléctrica. Y allí abajo es lo último que deseamos.

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los agentes manipulan uno de los dos robots con los que cuentan y que puede ser dirigido a control remoto, con un mando. Ese en concreto puede meterse dentro de un avión, para recorrerlo y enviar imágenes.

El recinto es hermético, pero el subsuelo tiene sus caprichos y cuando llueve torrencialmente hay tramos que se inundan. «Para solventar esa situación tenemos bombas de achique para el agua», añade uno de los expertos en explosivos.

Pero a unos metros bajo tierra, donde por unos minutos te puedes olvidar de la pandemia mundial, algunos detalles indican que el mundo, en los túneles, también han cambiado. La unidad de élite que los custodia lleva ahora mascarillas para combatir a ese enemigo invisible que es el coronavirus. Dos horas después, y tras haber recorrido solo una minúscula parte de esas entrañas de cables y hormigón, regresamos a la superficie. Y con cierto alivio, porque la sensación bajo tierra, a oscuras y por pasillos estrechos, es de película de Aliens.

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Un Tedax en la sala de control, comprobando los monitores.

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