El desorden es total. En el mercado de las calles de Puerto Príncipe conviven los puestos de venta con las aguas residuales. | Pedro Prieto

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Esa noche, en el restaurante de la base de Naciones Unidas, hay mucha gente. Médicos, bomberos y, sobre todo, voluntarios y miembros de ONG, dando cuenta de unos platos que se nos antojan caros. Porque el palo que te meten te deja doblado. Una ONG ha pujado por hacerse con ese servicio y da la impresión de que quiere hacerse rica en los días post hecatombe. Y es que toda tragedia lleva consigo un circo. Y este, sin duda, es el circo. Eso sí, circo con seguridad, porque junto a las cervezas hay una caja con preservativos.
En lo que los de la productora mallorquina y Joan se van a dormir a las tiendas que la ONU ha ubicado junto a la pista, Juan y yo nos metemos en el coche, extendemos los asientos delanteros, abrimos la trampilla del capó para que entre el aire y ¡hala! a sobar. Sobre las tres de la madrugada nos despertamos empapados. Llueve torrencialmente y el agua se ha colado por el ventanuco del techo. Secamos lo mojado, nos cambiamos y a dormir. Y a las seis, en pie. Y dos horas después, en marcha. Puerto Príncipe, en cuestión de trafico, es una ciudad sin código. Los atascos se suceden cada diez metros. Los militares de la ONU tratan de poner orden con escasa fortuna, pues cada chofer va a su bola.
Al salir de una rotonda, vemos que cincuenta haitianos -o puede que más- han cortado la calle. Un grupo de ellos se acerca a nuestro coche, nos rodean y nos dicen que las lluvias de la noche han inundado el campo de refugiados próximo y que dos niños han muerto de frío. Están muy alterados. A gritos, aseguran que no han recibido comida ni ayudas. De las ONG dicen de todo, menos cosas bonitas. «Ustedes, los periodistas, deben denunciar nuestra situación».
Como podemos abandonamos el lugar. Tomamos la dirección de Citi Solei, una de las zonas más afectadas por el terremoto. Pero tardamos en llegar a ella por el tráfico. Asomo la cabeza a través de la ventanilla. Puerto Príncipe se ha convertido en un mercado a lo largo y a lo ancho. Da la impresión de que cientos de contenedores con alimentos y personas han volcado la carga sobre la acera. El desorden es total. Observamos también cómo en algunos tramos de este mercado infinito aparece el río cargado de detritus y basuras, y sobre ellas, cerdos negros, con su piara, hincando el diente a lo que pillan, tratando de no hundirse en aquella superficie asquerosa, foco de malaria pura, pero ¡qué más les da! El haitiano es un pueblo que ha vivido junto a la mierda toda la vida y el terremoto ha dado a conocer al mundo su forma de vida. Porque eso ya estaba antes del pasado 12 de enero. Intentamos penetrar por una calle donde los restos de las casas caídas se amontonan a ambos lados, pero las bandas no nos dejan pasar. Si no les damos dinero, no hay nada que hacer, nos dice George, el guía que hemos contratado. «O pagáis o nos tenemos que ir de aquí».
Nos vamos. Andamos por la Grand Rue, donde camparon a tiros bandas formadas por los presos que pudieron huir al destruir el terremoto su cárcel, y donde ahora el paisaje del desastre sobrepasa lo imaginable. Allí, cerca del mercado cuyas torres se sostienen inclinadas de milagro, entre vendedores que han instalado su puesto sobre aguas putrefactas, o hueles a muerto o hueles a cloaca. A muerto porque debajo de las miles de toneladas que hay a escasos metros de donde nos encontramos deben de estar descomponiéndose miles de personas. Y a cloaca porque no se sabe quién ha dado la orden de vaciar el contenido de las cloacas sobre la acera.