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Mi querido abuelo materno, José Frau, siempre llevaba sombrero. Tras su fallecimiento, mi madre guardó un sombrero suyo en casa durante años. Yo me lo ponía de vez en cuando siendo aún un niño, aunque en aquella época me cubría por completo no solo la cabeza, sino también toda la cara. El único sombrero adecuado a mi perímetro craneal era uno que me habían regalado los Reyes Magos y que formaba parte de un kit de sheriff del Oeste muy completo y resultón. Los sombreros me gustaban entonces y me han seguido gustando después, pues lo mismo podían servir para saludar educadamente a alguien con un leve gesto que para protegerse del sol o ir más elegante. En aquellos años, me producía una fascinación especial pasar por delante de Casa Juliá, en la Via Sindicat, pues aunque ahora no estoy seguro de si tenían o no sombreros de cowboy, sí los tenían de cualquier otro modelo. Además, vendían también gorras y otros complementos, y, por fortuna, todavía sigue siendo hoy así. Es cierto que en la actualidad vemos muchas más gorras que sombreros en las calles, en las fiestas o en los campos de fútbol, pero los sombreros aún siguen teniendo su espacio, sobre todo en los meses de estío y en las bodas. En mi caso, solo tengo en casa una bonita gorra del Real Mallorca, pero a veces fantaseo con comprarme un sombrero y poner en la cinta una tarjetita con la palabra ‘Press’, como una especie de homenaje a los intrépidos periodistas que aparecían en las películas de cine negro de los años cuarenta y cincuenta. Al fin y al cabo, ya desde niño he sido siempre un poco vintage.