Cinco sellos
Vi el otro día a un hombre comprando cinco sellos de correos en un estanco y casi me emocioné. Quizá tendría que haberle seguido de manera discreta por ver si entraba en algún bar para escribir unas postales o si -camino de algún parte- sacaba cinco sobres de algún lado y pegaba sobre ellos los sellos recién adquiridos. Aunque lo de las postales, ahora que caigo, es poco probable dadas las fechas. Cuesta creer que, agotándose enero, estuviera en Mallorca de vacaciones. Así y todo, no dejo de preguntarme qué era, a dónde, y a quién, iba a enviar su correo. De tanto en tanto -y supongo que alguna vez ya lo he contado- me topo entre las páginas de libros que vuelvo a leer con postales que recibí en el pasado, cuando todavía se enviaban postales. Y la relectura de esos libros adquiere entonces una dimensión diferente. Lo lees pero, a la vez, te ves con tu yo de la vez que lo leyó y, también, rescatas el tiempo de la postal. La sorpresa más grande que me llevé en un trance así fue descubrir que a un Frankenstein de la editorial Bruguera le había puesto como punto de lectura un crisma de Navidad, una de esas estampitas con que nos deseábamos felices navidades y prósperos años nuevos. Había quienes coleccionaban sellos y creo que un ‘trabajo manual’ de esos que se hacían en el cole era pegar sellos en un cenicero de cristal y luego poner debajo una tela de fieltro. Comprar cinco sellos de la vez no es cualquier cosa, tiene que ser para mandar cinco cartas distintas. Todavía quedan buzones por la ciudad y, desaparecidas las cabinas, son el único elemento urbano que (quizá junto a los semáforos) te devuelve a una época que ya no existe; como esa en la que escribías cartas, las metías en un sobre, pegabas un sello y las enviabas. Después venía la segunda parte: esperar una respuesta. Y quizá guardarla entre las páginas de un libro para volver a recibirla llegado el futuro.
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