Javier Mato
Javier Mato

Periodista

Pacto de Estado

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A grandes males, grandes remedios. Baleares se ha puesto manos a la obra, presionada por las circunstancias: un pacto entre la derecha y la izquierda soberanista para acabar con un terrible problema, con una angustia que nos persigue y acucia constantemente. No es la vivienda, asunto relativamente menor a su lado; ni la saturación derivada de la presencia masiva de turistas; ni la paulatina e irreversible pérdida de los elementos identitarios de la isla; ni estar en la cola en la calidad de la educación a nivel español y europeo; ni la pérdida de renta que se acumula desde hace veinte años. Nosotros no hacemos pactos de estado por cualquier chuminada sino sólo por lo realmente importante, por lo que decide nuestro bienestar, por los votos.

Baleares, como saben, estuvo al borde de que los vecinos de Sineu se rebelaran en contra de los gobernantes porque estos pudieron haber dudado en aprobar una granja de gallinas ponedoras. Y eso es inadmisible: no la granja de gallinas, ni los huevos, sino la protesta de Sineu. La protesta de un pueblo sí es capaz de subvertirlo todo. No ocurre muchas veces, pero hay que ser sensibles porque son fenómenos demoledores. Més lo aprendió con el parque natural de Llevant, que levantó en armas a la comarca hace ya dos décadas. Los pueblos no se rebelan porque se empobrezcan, ni porque sus hijos no tengan salidas, ni porque la enseñanza no sirva, ni por las esperas en los hospitales; los pueblos se rebelan porque su casa puede perder valor por culpa de unas gallinas o de un parque natural.

Cañellas, que sabía mucho de esto, llevaba en su bolsillo una libreta alargada en la que apuntaba los votos por municipios, de acuerdo a los apoyos que arrastraba a partir de lo que le decían los líderes locales. Ahora, también, en alguna libreta parecía que estaban en juego algunos votos de Sineu. O sea, crisis de Estado. Esta sí que es una situación límite. Todo lo demás puede esperar otra legislatura y otra y otra.

De modo que hemos dado una lección al mundo: una negociación como toca entre dos fuerzas antogónicas. Leía a un cronista hablar de que en el funeral de Jimmy Carter se sentaron juntos Trump y Obama en una muestra de cultura democrática. Podrían haber escrito que aquí, en la humilde Mallorca, Apesteguia y Prohens se sientan juntos a negociar los grandes asuntos, como son los votos de Sineu. Como auténticos estadistas. Cuando hay una necesidad, no se nos caen los anillos en hablar con quien sea. Pero tiene que ser importante. No es lo mismo mil gallinas que un millón de turistas: las primeras huelen y estos, en cambio, se duchan cada dos horas. O sea que lo importante es lo importante.

De manera que hemos hecho un decreto ley, previsto para casos urgentes, que prohíbe las gallinas. Las vivas, porque según dicen, seguiremos comiendo pollo como siempre, el cual habrá de ser producido probablemente en las macrogranjas de pollos de Mollerusa, desde donde se han de transportar en camiones hasta el puerto de Barcelona, desde allí en barcos hasta Mallorca y, de nuevo, en camión hasta los lugares de consumo. Ay, esa sostenibilidad que nos duele en el alma. Un procedimiento absolutamente ecológico porque en Mallorca seguimos comiendo pollo pero no podemos criar pollo. Lo nuestro es el pollo inmigrante. Ay, esa coherencia: les pedimos a los hoteleros que compren productos del campo balear y vamos nosotros y prohibimos las gallinas locales.

Lógicamente, ningún vecino ha de convivir con olores insorportables; eso se ha de corregir con las medidas necesarias. Pero, en un país con la legislación animalista europea corregida y aumentada por Podemos (decreto 637 de 2021), que se prohíban las granjas de ciertas dimensiones es risible. En realidad se prohíbe todo porque se exige una distancia superior en dos kilómetros a una zona urbana, lo cual en la Mallorca de hoy esto equivale a un veto total.

Es difícil hacer un ridículo más cósmico. Ni se han molestado en camuflar esta cutrez en una ley contra los malos olores, que también pudiera afectar a las granjas de cerdos, a las depuradoras o a cualquier otra actividad molesta. No, que Sineu sepa que a los políticos les da pánico contradecirlos. Afortunadamente, esta crisis no se extiende a las depuradoras, porque me veo llevando nuestros excrementos en barco a la Península para que los procesen y así evitar esos malos olores que siempre suponen un riesgo para nuestros votados.

Me parece que hemos llegado a un punto en el que da un poco de vergüenza todo este circo político. Que Més y PP se den la mano en tamaña tontería, que esto se salte la lista de asuntos importantes, es revelador. Ya suficiente vergüenza daba haber aprobado por unanimidad que el tren en la Península sea gratis para los residentes en Baleares, o pedir que nos pongan la hora de Ucrania por nadie sabe qué razón identitaria; ahora hacemos un decreto ley contra las gallinas que comemos, que son muchas menos que los turistas que nos visitan o que los coches que nos compramos. Si los gobiernos sólo van a servir para responder a las presiones puramente electorales –sean sindicatos públicos, vecinos enfadados, peticiones de colectivos varios–, si nunca nadie va a ser capaz de decirnos una verdad incómoda, entonces olvidemos cualquier posibilidad de cambio porque para salir de esta cuesta abajo se deberán de tomar muchas decisiones impopulares. Mientras esto no sea posible, manden a toda esta tropa a casa: no haremos nada, pero no tiramos el dinero como si tuviéramos a alguien a los mandos de la nave. No hay futuro siguiendo así, por mucho que en Sineu no vaya a haber olores.