Una canción
Que levante la mano quien alguna madrugada de regreso de un Sant Sebastià se haya sorprendido a sí mismo en plena calle -y quizá animado por algún licor metido en el cuerpo y ya camino del cerebro- cantando a grito pelado, suavemente o sólo tarareando, alguna canción que lleve en su letra el nombre de Palma. Que levante una mano, o las dos, quien llegando a casa después de recorrer las calles con ellas en los bolsillos o agarrada una a la mano de otra persona, se haya puesto en bucle en su casa una canción sobre Palma como sí haría con otras que son himnos de ciudades. Ejemplo, con el Pongamos que hablo de Madrid, en la voz de Joaquín Sabina o de Antonio Flores ya sea en la versión «si la muerte viene a visitarme, que me lleven al sur donde nací» o en la de «no me despiertes, déjame dormir, aquí he vivido, aquí quiero quedarme». O como también haría, incluso a gritos y creyéndose Freddie Mercury o Montserrat Caballé con Barcelona. ¿A que no? ¿A que habrá poca gente recordándose haciendo algo así? O como haría, de vivir en Donosti, sintiendo la ciudad suya con todos sus defectos pese a que, como en aquella letra de los ochenta de Sanchis y Jocano supieras que «la crónica de San Sebastián no es como la cuentan en esos jodidos mapas que te dan para veranear en San Sebastián». Que levanten la mano quienes crean que -dejando de lado a puristas que saldrán con que Salomé cantó a «Palma de Mallorca»- lo que de verdad le falta a esta ciudad para sentir las fiestas es una canción. Sí, vale (seguiremos con las concesiones), alguna vez se ha intentado pero no ha salido bien. Estuvimos cerca con Caca de perro de los Rock & Press. Pero no nombraban a la ciudad aunque era divertido que tuviera «una alcaldesa que es cronista del Mallorca y se viste de payesa». En fin: sin una canción para volver, no te puedes ir de fiesta con Palma.
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