Tapones en los oídos
Esta pasada semana tuve dos tapones de cera en cada oído del tamaño de dos cerezas que me dejaron sin oír nada de nada. Dejé de ver la tele porque me obligaba a fijar el volumen a tal nivel que mi piso parecía el Bernabéu en pleno concierto. Temblaba hasta el asfalto. Dejé de oír el impertinente ruido de los motoristas que quieren hacernos ver que tienen una moto muy potente y para ello no dudan en hacer todo el ruido posible. Un estruendo, el de su moto, que les mató hace tiempo la única neurona que tenían bajo el casco. Dejé de escuchar la música de la sala de cumpleaños para niños que tengo cerca de casa, una tortura que no deseo ni a mi peor enemigo, si lo tuviera, y también dejé de escuchar las peleas de perros al pasar por la acera y cómo sus dueños los llaman por sus nombres sin que los canes les atiendan lo más mínimo. Dejé incluso de escuchar los petardos sobrantes de la noche de fin de año que siguen explosionando de vez en cuando. Estuve varios días sin la tortura de la música de reggaetón del vecino. Eso fue lo mejor, para qué engañarles. Pero todo tiene un límite porque también dejé de escuchar la radio por las mañanas, el maullido de las gatas pidiendo su lata de atún, la voz de mi madre al teléfono y de Carmen hablando de sus planes de futuro. El otorrino doctor Mateo Real en Clínica Salvà me devolvió a la realidad y me liberó de la molesta cera con una delicadeza y profesionalidad impecables. Regresé a la vida normal y que por desgracia cada día está más repleta de sonidos impertinentes, de motos a todo gas, de música al máximo volumen, de acelerones y frenazos, de discusiones en las aceras y de políticos y políticas chillando para convencernos de que no son unos inútiles.
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