Mis sabañones

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Aquí donde me ven, mi primera vocación no era en realidad el periodismo, sino el espionaje y el contraespionaje internacional. Baste decirles que de joven soñaba con llegar a ser algún día un fiel émulo de James Bond, pero en versión palmesana. Puestos a soñar, me imaginaba también que sería un seductor nato, que conquistaría o que se dejaría conquistar por irresistibles mujeres fatales, de aquellas que te conducen directamente al infierno –o al cielo– con sus misteriosos silencios, sus profundas miradas, sus elegantes vestidos y sus zapatos de tacón de aguja. Es cierto que se trataba de una muy lejana y vieja quimera de juventud, pero hasta no hace aún demasiado tiempo no había renunciado del todo a la posibilidad de conseguir llevarla a cabo. Además, cada vez que tenía que salir de casa, solía escuchar antes algunos de los temas musicales más míticos de las películas del agente 007 para intentar meterme en situación. Entre mis temas favoritos se encontraban los de Goldfinger, Operación Trueno, Solo se vive dos veces y Goldeneye, creados o cocreados por el maestro John Barry. En esos instantes melómanos me veía capaz de afrontar los más grandes retos y peligros, incluidos los amorosos, que, por suerte, nunca tuve que encarar. Casi cuatro décadas después, he renunciado ya por fin definitivamente a aquel viejo sueño, pero no solo por la edad, que también, sino sobre todo porque no me imagino a Pierce Brosnan o a Daniel Craig con gases en el vientre y sabañones en las manos, como los que yo tengo irremediablemente cada vez que empieza ahora un nuevo año.