Groenlandia
Con la elección de Donald Trump como próximo presidente de Estados Unidos, de pronto Groenlandia ha pasado a ocupar puestos preeminentes en las páginas de los periódicos. Groenlandia, de la que apenas sabemos nada más que lo que tan acertadamente nos contaron en la recomendable serie de televisión Borgen. Un territorio inmenso, puro hielo, poblado por apenas decenas de miles de personas, aisladas, con ansias de independencia y graves problemas sociales. Un mundo hostil, primero esquimal y luego vikingo, que explotaba históricamente los colmillos de morsa y las pieles de foca. Visto así, parecería una estupidez declarar, como ha hecho el neoyorquino de oro, que quiere comprarse la isla. Tonto no es, eso debemos tenerlo claro. Y tampoco Dinamarca, el diminuto país al que pertenece ese inhóspito lugar. Como en los tiempos de Cristóbal Colón, Groenlandia se ha convertido en una de las joyas de la corona, al transcurrir por allí una de las nuevas rutas de la seda, la que conectaría por el norte del planeta América y Asia sin depender de los vientos cruzados de los hutíes y demás locos que dominan el Mar Rojo y que han dado al traste con más un barco que pretendía cruzar el Canal de Suez. Pero hay más, mucho más, por lo que Copenhague y toda la Unión Europea están afilando las uñas ante el nuevo sueño americano: la tierra helada de la enorme isla groenlandesa está llena, no solo de oro e hidrocarburos, sino también de esos minerales raros imprescindibles para el desarrollo tecnológico. Como el nuevo continente que enriqueció hasta la locura a la España de Carlos V gracias a Colón, ahora se dirime quién se hará con las inmensas riquezas de un lugar que, hasta hace poco, no le importaba a nadie.
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