Fantasmas sin cara

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Por aterradora que sea la cara de un monstruo o fantasma, jamás lo será tanto como el legendario fantasma sin cara. El Noppera-bö japonés, por ejemplo, un yökai (espectro, demonio) pavoroso que no tiene rostro. También hay un yökai femenino, angustioso, que tiene tanto pelo tapándole la cara que no es posible saber si tal cara existe. Quizá ambos procedan de China, del milenario Fantasma Vacío, aunque este suena algo budista por la afición del budismo a asimilar contrarios (el vacío está lleno, la nada es el todo, la vida es la muerte, etc.) y recitar Sutras proclamando que el saber es no saber, y viceversa. Salvo que ningún Sutra afirma que no tener cara es tenerla. Pero si hablamos de fantasmas sin cara es porque lo que vale para los fantasmas vale para cualquiera, de ahí que a la hora de cometer fechorías o librar cruentas batallas, la gente siempre ha preferido ocultar el rostro (embozos, antifaces, máscaras, capuchas, el pañuelo del bandido), tanto para evitar ser reconocidos como para dar más miedo. Nada da tanto miedo como un enemigo sin cara. A cara descubierta no se llega lejos, razón por la que muy pronto la ciencia psicológica, sagaz como pocas, acuñó el dogma de que todos llevamos una máscara. Como el fantasma de ópera, por cierto. Aunque claro, no es lo mismo llevar máscara que no tener cara, o ser un fantasma vacío. Eso sí que acojona. Y si hoy les hablo de ellos es porque, tratándose de una especie fantasmal muy minoritaria, actualmente y debido al desarrollo tecnológico, se ha vuelto tan abundante que ninguno de los fantasmas de nuestra época tiene rostro. Como los poderes reales que nos controlan, en efecto, y que no necesitan enmascararse porque bajo esa máscara no habría nada. Nadie. La gente está muy asustada, pero no sabe por qué. Proliferan las rebeliones, pero contra quién. El mundo está lleno de fantasmas sin cara. No hay forma de determinar de qué nos defendemos, de qué protestamos, de qué huimos. A diario vemos miles de imágenes de rostros, que un ciudadano del siglo XVIII no vería en toda su vida, y ninguno es el que nos persigue. Casi mejor, porque no augura nada bueno ver al fantasma sin cara. Malos tiempos, de fantasmas vacíos.