La tentación

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Para un amante de la repostería y de los dulces, la Navidad es una época del año especialmente delicada si uno pretende conservar la línea, o, como mínimo, no caer en la curvatura. En realidad, las tentaciones de carácter gastronómico son casi constantes a lo largo de todo el año, pero entre diciembre y enero esas incitaciones pecaminosas parecen acentuarse todavía un poco más. Por no hablar de las tentaciones de la carne, de la carne al horno, quiero decir, con la porcella rostida como gran plato estrella. Por ese motivo, desde hace varias semanas estoy intentando practicar diversas maniobras tácticas de evasión, como por ejemplo no pasar por delante de ninguna pastelería o esquivar las secciones menos recomendables calóricamente cuando voy al súper. Esto último no sé si reduce, por otra parte, mis opciones de poder encontrar pareja en esos establecimientos, ya que ahora mismo hago las compras allí en solo tres o cuatro minutos. Sea como sea, la verdad es que estoy haciendo un esfuerzo titánico para procurar no pecar, lo que no está resultando nada fácil, pues todos los supermercados están vendiendo barras de turrón y polvorones desde octubre y, además, he visto que este año hay diversas pastelerías y panaderías en Palma que incluso hacen ofertas si uno compra un determinado número de unidades de tal o cual producto. Por todo ello, no sé si podré aguantar sin caer mucho tiempo más, pero si al final acabo cayendo, siempre podré recurrir al maestro Oscar Wilde, quien decía que la mejor manera de librarse de una tentación es caer directamente en ella.