Catrinas
Puede que ya me haya cogido de mayor, pero he de reconocer que eso del Halloween no acaba de convencerme. Ver a gentes y gentes disfrazadas a cada cual más horrendo y terrorífico no es algo que me motive en demasía. Llámenme antiguo, pero me quedo con nuestras castañas frente a sus calabazas. Sin embargo, he tenido oportunidad de vivir este año el Día de muertos en México y ahí sí que, sin duda, al comparar nuestra forma de recordar a nuestros seres queridos que partieron, me quedo con la mexicana. En instituciones, en calles y en todas las casas, se elevan las ofrendas que son altares de mayor o menor tamaño donde, adornadas por las flores de cempasúchil, de color anaranjado muy vivo y aroma muy característico, el pueblo mexicano coloca fotografías de sus muertos junto a las cosas que más les gustaban en vida, desde deliciosos manjares a espléndido tequila. Y todo ello adornado, cómo no, por las famosas catrinas y los catrines, sus compañeros masculinos, que son representaciones de calaveras tocadas con un sombrero nacidas como ilustraciones de textos literarios en el siglo XIX que, a partir de los murales de Diego Rivera, fueron entusiásticamente adoptadas por el pueblo mexicano.
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