La impresora
En ocasiones me asombro de mi inutilidad para cosas que debería controlar con cierta dignidad y precisión. Por ejemplo, después de casi treinta años soy incapaz de cambiar el papel de la impresora. De cualquier impresora. Años atrás teníamos aquí en el periódico una más o menos doméstica y domesticable, ahora hay una que parece un ovni y casi siempre que imprimo una página y camino los veinte metros hacia el aparato en cuestión, observo con preocupación el piloto rojo que indica que algo funciona mal. Casi siempre me toca a mí. Y yo, cobarde, en lugar de implicarme en el proceso de solución del problema, bajo la cabeza como si hubiera fallado un penalti en el descuento y me retiro humillado a mi sitio buscando otra impresora con vida en otro punto del edificio. Lo hago por responsabilidad porque sé que si me pongo a meter mano al chisme será peor y acabaré estropeándolo todo y entonces no imprimirá ninguna página más y terminaré confesando mi culpabilidad. Porque al final todo se hace una bola de nieve y seguro que me acusarán de ser el que he estropeado las impresoras durante las últimas décadas en el Palau. La cosa se complica con la mecánica del coche o de la moto y ya no hablo de electrodomésticos. El otro día el congelador pasó de -18 a -2 en unos minutos y solo se me ocurrió ponerle un ventilador de frente para intentar refrescarlo. Evidentemente, no sirvió para nada. En cambio, hay personas que saben hacer un poco de todo con una naturalidad espantosa. Un día vino un técnico a casa y solucionó problemas de toda índole. «Empecé arreglando un grifo y una cosa llevó a la otra», me contó. «Si todo el mundo hiciera lo mismo, me quedaría sin trabajo». Eso me reconfortó. Si es por mí, trabajo nunca le faltará.
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