Los singulares
Los singulares podría parecer el nombre de un grupo de música pop de los setenta. Pero yo ahora me quería referir a otra cosa. Parece ser que cuando se toca la singularidad de alguien, o sea, su identidad, son muchos los que empiezan a rufunfuñar, describiendo un movimiento creciente que va del simple cabreo a la ira desatada. La identidad es algo que, casi por definición, no se puede manosear así como así. Porque la identidad nos define, nos diferencia y, por consiguiente, nos hace singulares. Esto es así y no se hable más. También es cierto que existe una minoría –a la que la identidad le parece una sarta de chorradas–, muy poco dada a la discriminación y a las excepciones y, por tanto, a la casi idealización de las singularidades. Decía la escritora croata Dubravka Ugresic en su maravilloso libro No hay nadie en casa que cuando oía la palabra ‘identidad' sufría una fuerte reacción alérgica. Se trataba de una palabra que se le aparecía de repente en cualquier parte. Y la pobre no encontraba ningún remedio para su enfermedad. Así que fue desarrollando una aversión crónica al término. En el otro extremo se encontrarían todos aquellos que tienen completamente asimilado que son únicos y diferenciables del resto. Como pueblo e incluso individualmente. Algo así como cuando te enamoras por primera vez y te sientes absolutamente seguro de que nadie ha experimentado ni experimentará una sensación igual. En el fondo, creernos únicos y especiales también tiene su parte positiva, al hacernos fuertes contra la adversidad. Pero a los alérgicos nos causa mucho malestar. Un malestar que ningún médico puede curar. En fin, todo esto viene a cuento porque ahora, en estos tiempos extremadamente crudos, se habla mucho de la singularidad y del derecho a tenerla y mostrarla al mundo. Los catalanes son un ejemplo evidente. Y no me extraña, porque a singularidad no les gana nadie. El gran ejemplo lo tienen en el singularísimo Puigdemont, que además de cabrear como nadie al personal, el jueves nos obsequió con un truco de magia digno de David Copperfield…
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