No retreat, Baby, no surrender
Asistir a un concierto de Bruce Springsteen es participar en una ceremonia donde la fuerza de la vida y magia de la nostalgia se dan la mano para llevarnos allí donde duermen todos nuestros sueños y despertarlos. El primer acorde te lleva directamente allí donde diste tu primer beso, donde aquel amigo te habló del mal de amores que sufría, donde las primeras cervezas te volaron la cabeza, donde perdiste tu último empleo, y donde, destruyendo tu soledad, su voz te ayudó a levantar. Allí, en pie en las primeras filas, esperas a que salga a cantar todas esas canciones que han formado parte de tu vida. Y allí, en pie en las primeras filas, hablas con personas a las que no has visto nunca pero que sabes que conoces desde siempre porque han vivido lo mismo que tú, han sentido lo mismo que tú, han soñado lo mismo que tú, y lo han hecho al arrullo de Bruce y su legendario rock&roll, un rock&roll que no ha muerto ni morirá jamás.
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