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Mucha gente se queja de lo alejado que está el mundo periodístico de la realidad de la calle, igual que la política. Ayer, por ejemplo, un gran titular con una enorme foto en la portada del diario más importante de este país -en su versión digital- informaba de que Teresa Ribera será la candidata socialista a las elecciones europeas. Los periodistas sabemos que es la ministra de Medio Ambiente, que ha sido muy peleona con lo de Doñana, que es una de las manos derechas de Pedro Sánchez. Pero ¿a cuántos ciudadanos les importa? ¿A cuántos les afecta? Estoy convencida de que al menos la mitad de los españoles ignoran quién es esta señora y al noventa por ciento le importa un comino quién vaya al Parlamento Europeo. Porque para la inmensa mayoría de los vecinos que luchan día a día por salir adelante, con sus problemas económicos, de pareja, con los hijos, con los padres y suegros, con achaques de salud, disgustos, pequeñas alegrías y algún que otro proyecto ilusionante, Europa no es más que una entelequia. Algo gigante, carísimo, lejano y completamente ajeno. Para el común de los mortales los políticos que acaban allí o bien sobran en Madrid o bien pelean por tener un puestazo cómodo, muy bien retribuido y en el que apenas tienes que hacer nada para llevarte calentitos siete mil al mes. Aquello del cementerio de elefantes donde han acabado quienes fueron políticos notables hace veinte años. La clase política vive en la estratosfera y, a menudo, la prensa va tras ella. Triste que quienes tienen el mandato de mejorar la vida de la gente -los unos- y quienes deben mantenerla bien informada para preservar el espíritu crítico -la otra-, al final no hagan más que obedecer a intereses privados. Lo de siempre.