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Creemos que en la carta a los Reyes los niños no piden salud hasta que la tele -también la prensa- sigue demostrando que es una ventana al mundo que siempre deberemos consultar. Las desgraciadas guerras están presentes a través de ella y el otro día me sorprendió la declaración de una niña de once años que únicamente deseaba no morir en 2024. Unas palabras tan impactantes como las devastadoras imágenes de su entorno y que prueban la sinrazón humana. Mientras aquí los problemas son otros: menores que veneran el móvil y, con ello, un alarmante porcentaje son tempranamente adictos al porno y a otros contenidos que están afectando las relaciones y valores de quienes deben heredar este frágil sistema que llamamos democracia. No han cambiado las largas listas de regalos que se compran con dinero y que difícilmente tengan en cuenta esos valores ecológicos, solidarios y de sostenibilidad que se pretenden imponer. Es normal, la utopía nunca vence a la guerra y a los instintos más bajos y egoístas del ser humano. Junto a todo este espíritu hedonista y festivo que nos ha contagiado -como la gripe o la COVID- durante estas dos semanas queda grabada en mi mente esa niña que pide -igual que el adulto que entiende el sentido de la vida- algo tan extraordinario como poder vivir y sobrevivir. Duele pensar en su subsistencia y futuro tras estas abominables guerras como también sobrecoge el elevado número de suicidios de adolescentes que no contenemos. Por desgracia, aquí tampoco estamos exentos de peligros y de un indeseado repunte de falta de tolerancia, convivencia y valores sociales que, sin duda, pueden llevarnos a situaciones inesperadas y duras. No obstante, todo ello se convierte en insignificante cuando los valores que deberíamos preservar acaban en un prolongado escenario bélico. Es totalmente inaceptable que en pleno siglo XXI la paz sea una farsa y no haya capacidad ni diplomacia para conseguir nuestros anhelos más nobles. Nadie quiere morir y nos aterran los impresionantes versos de Gil de Biedma: y la verdad desagradable asoma:/ envejecer, morir,/es el único argumento de la obra. También me sumo a la obsesión por alargar la vida transformando hábitos, conductas y que dan lugar a los propósitos que comentaba en el último artículo. Porque si lo bueno desaparece es más fácil caer en la derrota y en la desgracia. Aquí entra también esa batalla perdida de comer sano y que forma parte de un documental de Netflix (Somos lo que comemos: Un experimento con gemelos) que es mejor no ver. Por desgracia hemos transformado, sobre todo abandonado, un modelo productivo que pone en peligro nuestra vida. Toda la ganadería y agricultura que no volverá nos permitiría vivir de forma más saludable y tener una alimentación de mejor calidad. Aspirar al kilómetro 0 es como soñar un mundo sin guerras, solo es posible si nos desconectamos de todo y adoptamos un nuevo rumbo. Algo complicado pero que frente a morir demuestra la valentía y valor del vivir.