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El sultán Al Jaber se ha hecho famoso. Además de presidir la Cumbre del Clima en Dubái, está al frente de una compañía petrolera. Es lógico que defienda su chiringuito, ¿no? Lo que me hace pensar que todos en esa reunión, y fuera de ella, defienden su chiringuito. Su modo de vida, vaya. Por eso dudo muchísimo que las voces que con tanta urgencia nos invitan a cambiar de modelo sean precisamente hermanitas de la caridad. La defensa de la vida y la supervivencia del planeta me parece muy loable; soy la primera amiga de la naturaleza. Pero le tengo cierto cariño al confort, esa calefacción en invierno, ese aire acondicionado en verano, los largos viajes a lugares lejanos, el plato de comida caliente tres veces al día en la mesa… ya sabes, la forma de vida del mundo desarrollado. También tengo claro que eso, mis intereses, mis querencias, le importan un bledo a quienes dirigen el cotarro.

A ellos, como a Al Jaber, les interesa lo suyo, que no es otra cosa que el negocio. Aunque tengan cientos de miles de millones, siempre quieren más. Esa es su principal querencia y la sostendrán al precio que sea. Entonces, el sultán defiende sus plataformas petrolíferas y los combustibles que proporcionan, que son –no lo olvidemos– los que nos han traído hasta aquí, es decir, hasta el bienestar y el confort que hoy disfrutamos. Y los otros, incluidos los mandamases de las compañías energéticas españolas, políticos y lobbies de todo tipo, incluso el archimillonario Bill Gates nos emplazan a abandonar de hoy para mañana –la fecha es 2030– los combustibles fósiles y abrazar las energías alternativas. ¿Qué se puede deducir de esto? Que el negocio está ahora ahí y nos van a teledirigir hacia eso como al rebaño obediente que somos.