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Antes se investigaba, o se intentaba investigar, de verdad (a veces incluso se llegaba a la verdad). Todo se documentaba al máximo, los historiadores se dejaban los ojos en los cartularios, las interpretaciones se medían con tiralíneas, se ajustaban con gran erudición (Blecua, Vilanova, Menéndez Pidal, Rodríguez Moñino, José María de Cossío, Sánchez Albornoz y hasta Américo Castro). En el caso de Balears estoy pensando en Guillem Rosselló Bordoy, José Juan Vidal, Antoni Contreras, Jaume Sastre Moll, Ramon Rosselló Vaquer, Miquel Deyá, Antoni Picazo, Jaume Bover, Lorenzo Pérez, Alfonso Enseñat Villalonga, Alexandre Font Jaume, Jordi Vidal Reynés. Y es que divagar en materia histórica (después de Herodoto) no estaba bien visto antes, sin embargo, ahora, cuesta poco: estamos en el extremo contrario: hasta los cazurros se atreven a teorizar ya no sobre lo divino, que les queda corto, sino sobre lo cósmico o las glaciaciones. Documentarse no está de moda. Recordemos que Camilo José Cela para escribir San Camilo 1936 solicitó a su amigo Manuel Fraga que le consiguiera copia de todos los periódicos madrileños del 14 de julio (más su víspera, festividad y octava) y con tan estimable documentación reconstruyó de forma coral los prolegómenos de la Guerra Civil y hasta de la Incivil.

Lo cierto es que, ante un panorama tan paupérrimo, para motivar a las nuevas generaciones de licenciados y hacerles más fáciles las búsquedas de sus fondos llamativos, la Biblioteca Nacional acaba de incluir en su web un mapa interactivo del mundo concretando que impreso o manuscrito de esta docta institución hacen referencia a Japón o Alaska o Filipinas o Mallorca, pero siempre acogiéndose a temáticas restringidas y hoy muy de moda: catástrofes, terremotos, asesinatos, robos, monstruos, brujería, plagas y lo que te rondaré morena ocurrido entre los siglos XVI al XVIII.

Respecto a nuestra Isla son 10 los impresos geolocalizados. La mayoría son de mediados del siglo XVII y se refieren a encontronazos de barcos españoles, en aguas mallorquinas, con naves inglesas, francesas y sobre todo turcas. Entonces el Mediterráneo era un hervidero de piratas, de ahí nuestras numerosas torres de defensa. El documento más curioso, o triste, es el de dos hijas que vivían en Petra «a cinco leguas de la ciudad de Mallorca» que mataron a su progenitor para disfrutar de la hacienda paterna. El padre era un «hidalgo cristianísimo casado con una mujer muy virtuosa». Casó a las hijas con dos mancebos que salieron «gastadores, perdidos y de mala condición» y que azuzaban a sus dos mujeres a que le sacaran más dinero a su padre. Finalmente hijas y yernos fueron a comer a casa del padre, mandaron a la criada a por un recado, y mataron al progenitor a golpes en el patio de su casa. Una vecina oyó el jaleo y aviso a los justicias. Los cuatro asesinos fueron apresados en una venta cerca de Palma, ciudad en la que serían ahorcados. Este opúsculo de cuatro páginas, cuyas copias corrieron por toda España, se publicó en la imprenta de Bernardino Guzmán (Madrid, 1625).