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Me parece innecesario retomar el dilema entre lo nuevo y global frente a la tradición y lo propio. Las tradiciones beben unas de otras y también propician cambios que se adaptan conforme avanzan las sociedades, puede que incluso no sean incompatibles si entendemos la función y arraigo de cualquier celebración que, a fin de cuentas, convive o se yuxtapone con lo ya existente. No obstante, sí me preocupa que en estos momentos tan superfluos y desnortados cualquier tendencia pueda derivar en un absoluto despropósito. Probablemente la muerte, para una gran mayoría, es un elemento terrorífico, pero frivolizarla no es la mejor manera de llegar a comprender que no es lo opuesto a la vida sino una parte de ella. Una idea que recojo del genio japonés Murakami y que completo afirmando que es necesario para una vida feliz recordar a quienes nos precedieron, un gesto que debería ir más allá de un día concreto y de una celebración como señal de recuerdo. Hoy es también un día de tristeza y dolor (mucho más ante el incremento de accidentes y suicidios) pero prefiero entenderlo desde la gratitud y el respeto que pasa de generación en generación. Malos tiempos también para una vida eterna que solo puede sustentarte desde la fe y la celebración de misas en beneficio del difunto, aunque resiste el gasto de ingentes cantidades de dinero en ofrendas florales y que visten la soledad de nuestros cementerios durante unos días. Personalmente creo que es un exceso, pero no lo voy a criticar porque cada persona o familia es libre para manifestar algo tan íntimo y personal de la manera que le plazca o le satisfaga. Los que se fueron condicionan este y cada primero de noviembre aunque su recuerdo para muchos es permanente y diario. Aprovechamos para reunirnos y celebrar la vida, a menudo comiendo en familia, como gesto de un privilegio, existir, que conservamos. Hoy también somos más conscientes que nunca de la finitud de nuestra existencia y que debería llevarnos a no perder ni el tiempo ni las energías en aquello que nos enfrente, nos desgaste o nos entristezca. Hoy es un día de propósitos como si vivir se configurara como la obligación de mantener un legado que hemos recibido y que fue motivación vital de los que hoy visitamos. Todo lo que hoy sucede debería tener una proyección mayor; los cementerios son mucho más que una última morada o un mero contenedor de historias que están condenadas a desaparecer. Es difícil remontarse a más de tres generaciones aunque esas tumbas que visitamos probablemente contengan genética o historias que de manera invisible influyen en nuestro presente. Tiendo a pensar que todo lo bueno que yace enterrado trasciende y se proyecta mientras que lo malo se desintegra y convierte en polvo. Lo corpóreo tiene posiblemente un lugar y lo habremos visitado. Lo espiritual transciende y se proyecta, ahí está la grandeza de la vida, la que nunca acaba.