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Las nubes han sido generosas con estas islas en las dos últimas semanas y van a ayudar a que baje la tensión que está provocando el aceite de oliva. Alarma que las botellas aparezcan en los súper con un precinto de seguridad. Es el producto de moda y de lujo. Ya se vio en la pandemia el furor por otros aceites, que hubo que racionarlos. La guerra, dijeron. El precio, dicen ahora. Y es verdad que ha subido en un año un 100 % o más, pero no tanto por el aumento de costes de producción, que también, como por la bajada brutal de la cosecha del año pasado, que se quedó en menos de la mitad en las zonas de grandes olivares. No subió el precio para el agricultor.

Ahora, sin embargo, como la demanda es mucha y las reservas, pocas, los almacenistas aprovechan para hacer su agosto y ponerlo por las nubes. Un producto mítico, razonablemente asequible, que ha pasado a bien económico de primera por escaso, deseado y, para muchos, insustituible. Como es oro para la alimentación mediterránea, una encuesta de este diario indica que la mayoría no dejará de comprar a pesar del precio. Y eso lo saben productores y distribuidores. En el sureste peninsular hay cada vez más campos con olivos de nueva plantación.

Todos los consideran rentables sin riesgo. De riego o en secano esperando que llueva. Tienen el aceite en la cabeza. Como todos, cada día y varias veces, en la mesa. En fin, ha llovido a tiempo y en la Serra se espera una cosecha histórica. Lo del precio ya es menos predecible.