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Actualmente en nuestra tierra tenemos tendencia a los extremos. Ocurre desde hace unas décadas. El carácter mallorquín se caracterizaba por ser laxo, poco dado a los extremos. En lo referente al turismo, o eres turismofóbico o liberal depredador. Es momento de ponernos en manos de expertos y analizar dónde estamos y a dónde nos dirigimos. Como ciudadano lego en la materia me permito unas reflexiones. El turismo nos sacó de la miseria. Nuestros antepasados o eran de la burguesía o de la nobleza. El resto vivía en condiciones paupérrimas. No había clase media. Muchos emigraron. El turismo fue un maná. Olvidamos la economía del conocimiento, que hubiera sido lo inteligente y a la industria, por no ser competitivos debido al transporte. Abandonamos el sector primario y nos hemos reducido a una economía de servicios. Con la pandemia vimos qué pasa si aquel se para. Pero no sólo este es el peligro. Una gran recesión o la casi inevitable tercera guerra mundial pueden cambiar el escenario. Para crecer debemos importar mano de obra. Aumenta la población y los recursos para la sostenibilidad son insuficientes. Ello provoca la situación actual. Hemos perdido calidad de vida. La sensación mayoritaria es que el becerro de oro no compensa. Pero incluso la prensa de nuestros países emisores constata que el grado de satisfacción de los turistas ha bajado. La mayoría de los políticos actuales y pasados tienen por costumbre no ver más allá de las próximas elecciones. No tenemos personas con altura de estadistas que planifican a 20 años vista. No somos los únicos. El turismo se está volviendo un problema en Venecia, Roma, Madrid, Barcelona... Sus habitantes se quejan de haberse convertido en un parque temático inhabitable. De qué nos sirve tener la isla más hermosa del planeta si no podemos disfrutarla. Analicemos con rigor y tomemos decisiones o moriremos de éxito. Dejen ideologías y utilicen el sentido común.