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Hace unos días se celebró lo que en las revistas de papel couché se cataloga como «la boda del año». Un vodevil que a la revista Hola le ha costado la friolera de un millón de euros de peaje para hacerse con la exclusiva. Sin embargo, como periodista, lo que más me duele de este tipo de acontecimientos es el enorme despliegue de trabajo, horas de dedicación y esfuerzo profesional de un montón de empleados del medio. Eso que no se ve, pero que está ahí. El trabajo invisible que hace posible que luego los lectores disfruten del reportaje. Cincuenta páginas y más de cien fotos, casi nada. Sin embargo, son eventos rentables porque la revista capta publicidad extra y las ventas se disparan. Hasta aquí, todo correcto. Pero, ay, en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Y España es el país de los chorizos, no cabe duda. La publicación más importante del universo del cotilleo se vende a 2,60 euros de forma semanal.

Una miseria si tenemos en cuenta el currelo que requiere hacerla, más allá de las inversiones. Pese a ello y a que la «boda del año» despertaba una enorme expectación entre los seguidores de este tipo de personajes públicos, nada más publicarse se pirateó el contenido y se difundió por WhatsApp. Miles de personas consiguieron la información, las fotos, el chismorreo... gratis total.

¡Por ahorrase menos de tres euros! Es algo que no comprendo. El ser tan miserable. Pocas personas estarán hoy en situación de no poder gastar tres euros en algo que les gusta. Los bares están llenos, en la administración de lotería suele haber cola, millones son fumadores y el paquete va a casi cinco euros. Pero en cuanto asoma la posibilidad de no gastar en un producto cultural –cine, música, prensa, literatura, televisión–, ahí surgen chorizos como setas.