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Gran parte de los problemas que asolan al planeta se deben a la democracia. Es duro, pero real. Mientras el mundo estuvo tiránicamente dirigido por cuatro gatos acaudalados que sometían a millones de desarrapados, la naturaleza funcionaba de maravilla, el paisaje idílico permanecía intacto y todo, de alguna manera, estaba en su sitio. La Tierra ha permanecido así durante milenios, una situación justa para el medio ambiente pero terriblemente injusta para el ser humano. Los problemas ecológicos llegaron con la revolución industrial, con el desarrollo del mundo obrero y, aunque parezca controvertido, con el avance de las democracias. Millones de personas abandonaron la pobreza extrema y tuvieron la oportunidad de disfrutar, aunque sea poquito y de forma modesta, de los «lujos» antaño reservados a la aristocracia. Nosotros, los obreros, hemos alcanzado cierto nivel de confort en nuestra vivienda, la mayoría tiene coche, muchos viajamos, cambiamos de ropa y calzado a menudo, generamos toneladas de basura, consumimos ingentes cantidades de electricidad, gas y agua. Nosotros somos el problema. Porque somos muchísimos. Por eso encuentro poco eficaz y también ciertamente revanchista la idea de Jets and yachts, the party is over, la campaña contra la presencia de jets privados y yates de lujo que han emprendido algunos activistas en Ibiza. ¿Qué realmente les molesta de ellos? Que son ricos, está claro. Porque por supuesto que contaminan y derrochan, pero infinitamente menos que nosotros, la masa de clase trabajadora que jamás subiremos a un jet ni a un súperyate. Únicamente por una cuestión numérica, pero determinante. La naturaleza peligra por nosotros, que somos una auténtica plaga.