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Nuestro periódico desvelaba hace unos días que clanes de narcotraficantes marroquíes se han hecho con el tráfico de drogas de las principales localidades de la Part Forana mallorquina, desbancando del «negocio» a los clanes gitanos que tradicionalmente han dominado el mercado ilegal desde su bastión en Son Banya. El resto del trapicheo se lo llevan latinoamericanos –colombianos y dominicanos, sobre todo– y africanos. Los expertos policiales hablan de cifras tan astronómicas como un millón de euros de ganancias semanales en el poblado chabolista con motivo de las fiestas navideñas. Siempre he mirado con frialdad a esa gente que se dedica a traer, preparar y vender sustancias prohibidas. Lo que hacen es buscarse la vida. El problema está en esas otras personas, aparentemente normales, que son nuestros vecinos, compañeros de trabajo, incluso familiares y amigos, que se dejan un millón de euros en una semana para comprar drogas.

Porque las necesitan o, simplemente, las desean. Ese paisaje incomprensible me lleva a preguntarme qué clase de sociedad tenemos, en la que el grueso de la población necesita emborracharse o drogarse. Y no me vengan con que son una exigua minoría, porque las cifras cantan. Somos líderes europeos en consumo de cocaína.

Añadamos el alcohol, la marihuana, la heroína y cualquiera de sus derivados. No es más triste porque no se puede. Y lo tremendo es que señalamos al mensajero con el dedo acusador, cuando la causa de esta catástrofe está en la demanda, en que miles de personas no pueden, o no quieren, vivir sin la euforia –la desconexión, el pasotismo, la calma o lo que sea– que encuentran en los estupefacientes.