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Hay una manera de analizar la realidad descrita en los medios de comunicación que parece impedir que se defina nuestro país así, como deficitario, puesto que lo que se nos ofrece en los medios da más para dudas que para afirmaciones; la lectura de los medios y de las redes sociales pone muy difícil a los ciudadanos averiguar, por ejemplo, si los que mandan niegan o afirman, nos quieren o se quieren, se mantienen en el gobierno por lo que hacen por el pueblo o por lo que ceden a los partidos con los que cogobiernan.

Con todo, en nuestro país, hay tres déficits que evidencian tres situaciones muy graves. Una, la política ha dejado de pensar: últimamente ha habido leyes promulgadas que se han firmado sin haber pensado en las deficiencias que poseía ni en las consecuencias que de tal dejadez se derivarían; como si el hemiciclo legislara más por propulsión a chorro que por reflexión a fondo. Otra, la religión ha dejado de orar lo bastante, y el descenso de vida interior en muchos que continúan considerándose creyentes es un reto patológico bastante más fuerte que la crítica ácida de sus contrarios o la bajada llamativa de sus afiliados. Y otra, la familia autóctona, a diferencia de las procedentes de la inmigración, ha dejado de procrear, dejando en mínimos su tasa de natalidad.