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Siempre que oímos hablar de pensionistas nos viene a la cabeza la imagen de un abuelete más bien pobrecillo, que estira sus modestos ingresos como puede para llegar a fin de mes y sostener a su señora, que nunca trabajó fuera de casa. Parejas con ropa anticuada que se apuntan a los viajes del Imserso para poder conocer algunos de los sitios más turísticos de España porque en su época no tuvieron oportunidad de disfrutar de unas buenas vacaciones. Sin embargo, en nuestro país hay casi diez millones de pensionistas y en ese saco, claro, caben todo tipo de perfiles. También los que al terminar su vida laboral entran en la etapa de la jubilación con un importante paso atrás en su economía. Son los que cobran la pensión máxima y aun así se tienen que apañar con unos ingresos mucho más bajos que los que tuvieron mientras trabajaban. Directivos, cargos medios de grandes empresas y ejecutivos que han tenido nóminas estupendas de pronto deben amoldarse a la estrecha camisa de los 2.819 euros que contempla la legislación. Para la mayoría de los mortales esa es una cifra fabulosa, pero hay quien ve ahí un enorme sacrificio. Suponemos que cuando uno ha ganado dos, tres o cuatro veces esa cantidad durante varios años habrá tenido tiempo y cabeza para hacer inversiones que le garanticen una vejez de alto nivel. Ahora el ministro del ramo, José Luis Escrivá, quiere aumentar esa cuantía para que los que ya eran ricos cuando trabajaban lo sigan siendo una vez retirados. La cifra que baraja son 3.700 euros mensuales, nada mal. Seguramente serán pocos los que ameriten semejante premio, no supondrán ningún quebranto para el sistema, pero ¡de qué modo tan obsceno muestran la desigualdad de este país!