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La «perfecta sintonía entre Armengol y Sánchez» que destacaba en Palma Javier Izquierdo, responsable de la estrategia electoral del PSOE, coincidiendo con el cuadragésimo aniversario del resultado en las urnas de Felipe González, puede suponer el principio del fin de la hegemonía de la izquierda en Baleares, a pesar de los esfuerzos de distintos sectores sociales y políticos por canonizar civilmente a Francina Armengol, solo explicables desde el sectarismo más ofuscado o el interés, espurio o legítimo, tanto da.

Las concomitancias entre una y otro dirigente son notables al margen de quién sea la paternidad del plan de acceso al poder mediante la alianza con la extrema izquierda y los nacionalismos, independistas en el caso de Sánchez, del que Francina Armengol ha sido abanderada y que provocó la expulsión del hoy presidente del gobierno de la secretaria general de su partido en 2016. Luego vino la historia conocida, el coche, la carretera, las primarias, la vuelta a la dirección socialista, la moción de censura y la sucesión de elecciones que, finalmente, permitió a Pedro Sánchez estrenar colchón en la Moncloa. En el reverso, la sumisión a partidos como Bildu y ERC, que en Alemania, por ejemplo, serían ilegales por la pretensión de desmantelar el estado constitucional, o un demediado Podemos camino de la irrelevancia.

La segunda entronización de Sánchez al poder partidario ha forzado la transformación de la organización en una plataforma de dominio estrictamente personal. Francina Armengol, a su vez, ha alcanzado el mismo objetivo a través del manejo de las prebendas que permite el poder, de tal manera que hoy nadie ni siquiera contempla la posibilidad de cuestionar los designios de la presidenta. Los llamados barones del PSOE, los dirigentes territoriales, han venido mostrando un silencio lanar frente a los movimientos de Sánchez, hasta que la cercanía de las elecciones autonómicas y locales de mayo aconseja comenzar a marcar distancias. En el mitin conmemorativo de los 202 diputados de 1982, la ausencia más significativa fue la de Alfonso Guerra, pero tampoco acudieron a la convocatoria los presidentes autonómicos socialistas más conocidos, quizá temerosos de contagiarse de la toxicidad del personaje o, quién sabe, conscientes de que, hoy, Pedro Sánchez resta. Algunos medios informativos nacionales pronosticaron la única presencia como baronesa de Francina Armengol, que al final no se produjo.

Ignacio Varela, columnista de El Confidencial y buen conocedor de los entresijos del PSOE, no en vano pasó once años en la Moncloa como asesor de Felipe González, en una entrevista con motivo de la publicación de su libro Por el cambio (Deusto, 2022), se mostraba incapaz de asegurar que «después de Sánchez esté garantizada la subsistencia del partido» y su creencia de que con posterioridad a «la legislatura más improductiva de la democracia española al PSOE le queda una larga travesía por el desierto». Tal vez no vaya desencaminado en un contexto en el que las administraciones nadan en millones pero las clases medias, que no se caen de la boca de los socialistas, se las ven y desean para llegar a final de mes. De ahí que la perfecta sintonía, junto con las magras expectativas de Podemos y Més, se perciba como un lastre.