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La rebaja de impuestos probablemente sea la única propuesta electoral de Feijóo que cumple dos condiciones fundamentales para su partido: es capaz de provocar cierto interés entre los votantes y no causa una división letal en sus filas, lo cual es mucho más importante –para él, claro–. Encima pone de los nervios a los socialistas, que quedan situados a favor de los impuestos altos. Sin embargo, en España ni los conservadores están a favor de los impuestos bajos ni la izquierda quiere castigar a los ricos. Después de años gobernando, ya nos conocemos todos: lo único que verdaderamente les interesa es la representación teatral que suponen sus posicionamientos porque eso puede arrastrar el voto de los incautos.

Algunos explican el imparable declive europeo por sus políticas fiscales. Dicen que la ortodoxia nos hunde, que hay que dar un golpe de timón. Pero como están inseguros, como no entienden nada, se limitan a hablar, sin salirse del guión. En España, en los impuestos importantes nos movemos en horquillas muy limitadas, apenas unas décimas más o menos. Hay más flexibilidad en los impuestos marginales, pero como estos no deciden nada, se usan para generar imagen mediática, sin afectar al conjunto de la economía. Es como en el déficit o el gasto público, todo el mundo se atiene a unos patrones que son más o menos seguros.

Si quieren ver una bajada de impuestos de verdad, observen lo que acaba de hacer Liz Truss, la nueva primera ministra inglesa (Escocia queda excluida de estos cambios): la renta cae seis puntos, también sociedades y los costes de seguridad social, y casi desaparece lo que en España sería transmisiones patrimoniales. Esto es creer que bajando impuestos se dinamiza el país, aunque nadie desde la ortodoxia pueda apoyar estas medidas que van contra toda lógica. Sin embargo, existe una remota posibilidad de éxito: al optar por aplicar menos impuestos, se pretende estimular la actividad económica para que haya más contribuyentes, o estos tengan más que declarar, y eso recomponga las cuentas. Viendo las finanzas de los estados, incluso las de Gran Bretaña, esta apuesta suena muy arriesgada. ¿Cómo pueden bajarse los impuestos hasta seis puntos cuando el país ya arrastra un déficit importante? Los mercados no creen en ello. Sin embargo, podría funcionar si relanza la economía. Y si el Gobierno y sus votantes soportan la presión ambiental. Menos mal que la alternativa laborista, el recambio, ofrece garantías de seriedad.

Tampoco se crean los discursos de nuestra izquierda. Aquí, los socialistas y su corte no son partidarios de subir los impuestos a los ricos. Los únicos que verdaderamente se atrevieron fueron los socialistas franceses de François Hollande, que en 2012 cargaron un setenta y cinco por ciento en el impuesto de la renta para quien ganara más de un millón de euros anuales. El resultado fue magnífico, pero para Londres o Bélgica, que recibieron una lluvia de millonarios que huían de Hollande; Francia acabó con los ricos y también con el socialismo.

Que todo esto es postureo lo demuestra cómo Europa, con el voto español, permite las diferencias nacionales en el impuesto de sociedades, que dejan que Irlanda tenga las sedes de todas las multinacionales americanas que facturan allí por sus operaciones en el continente.

En cambio, más modestos y coherentes son los socialistas portugueses, que tienen un atractivo programa de captación de extranjeros que, si se instalan en el país, disfrutan de exenciones fiscales durante años. El resultado para Portugal es que estos nuevos ciudadanos pagan menos impuestos, pero han de comprar una vivienda, mantenerla, asumir cierta fiscalidad local, contratar servicios, consumir, etc. El balance para el país receptor siempre es positivo. Y para el que pierde al contribuyente, siempre negativo.

Con ese marco europeo, lo que nuestros partidos hacen en las autonomías españolas es simplemente otra payasada que va a hartarnos a todos: bajan o suben impuestos que tienen un peso mínimo en la recaudación, que no cambian nada. Creo que en Andalucía, el impuesto sobre el patrimonio supone menos del uno por ciento de la recaudación, aunque mucho más en tiempo de telediarios. Lo de los impuestos es el manotazo desesperado de quien ve que el barco se va a pique (vean Italia). A España también llegará quien con un discurso loco nos arruine, porque llegará quien nos diga que sí, que nuestro declive era fiscal. No hay que sorprenderse: la desesperación (Truss, Meloni, Le Pen, Podemos) es consustancial al naufragio.