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En esta sociedad líquida y tan voraz arraigan algunas costumbres que se están convirtiendo en bastante insanas. Al hecho de opinar sin saber, o sin informarse, se le suma lo que podríamos denominar delirio mesiánico. Creo que van muy a la par y cada vez corremos el peligro de unirnos a esta tribu moderna cuya misión es salvar todo lo que nos rodea. Viendo el cabreo que genera este estado de ánimo estamos inoculando un veneno en nuestra existencia que nos acabará desquiciando. Un ejemplo proviene del genial Miquel Barceló que ejerciendo de enfant terrible afirmó hace unos días que viene a Mallorca para cabrearse al comprobar nuestro elevado nivel e intensidad de destrucción.
Gran culpa de esta patología es la sensación de deuda que se genera y que es un arma de doble filo porque el salvador debe cumplir con lo prometido (a menudo de imposible consecución o realización). Una técnica que están utilizando determinados colectivos y, cómo no, los partidos políticos ante el desnortamiento social que favorecen estas prácticas y que nos desorienta y divide todavía más. Caer en esa relación salvadores-salvados nos lleva al cautiverio y a radicalizarnos para, finalmente, ser incapaces de aproximarnos o dialogar con los que piensen de manera diferente. Los escraches son una clara manifestación de que esta democracia se está debilitando y que desde la visceralidad solo puede perder los efectos sanadores y balsámicos que intentaron otorgarle quienes lucharon por ella y sentaron sus bases. Ese delirio está afectando a derechos fundamentales que suponen un equilibrio para el sistema y creo que romperlo, como proponen muchas de las nuevas tendencias, no es la solución. Tampoco ayuda rescatar fórmulas que han fracasado en el pasado y hay que evitar. Mientras el mesianismo colectivo se apodera de nosotros ocurren hechos lamentables que sí deberíamos poder solucionar, basta con remitirse a las páginas de sucesos y en estas dos últimas semanas la muerte de cuatro jóvenes en las carreteras de la isla. Creo que además de esa perspectiva planetaria que últimamente fomentamos hay que focalizar los esfuerzos en aquellas cuestiones más próximas y que determinan nuestra calidad de vida. Convendría establecer una pirámide de prioridades y hacer un ejercicio de reflexión profunda que cambie tantos prejuicios y manipulaciones que hemos sufrido. En definitiva, todo este teatro que estamos viviendo nos transforma en marionetas y también nos roba esos momentos de felicidad a los que aspirar sin necesidad de tener que salvar nada o buscar una razón mayor. Aparquemos tanto fanatismo y dejemos al prójimo tranquilo, sin juzgar sus actos como si él fuera el malo y la bondad solo residiera en nosotros. Los tiempos no ayudan y la cercanía de las elecciones acrecentará esta enfermedad moderna que citaba al principio. Permítanme un matiz, tener aspiraciones es bueno y necesario; ser parte de una farsa, no. Busquemos un equilibrio y que nuestro paraíso no sea el lugar al que ir …si vull estar emprenyat.