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Cualquiera que haya viajado a bordo de un crucero turístico o trabaje en ese sector sabrá que en sus camarotes se alojan personas de todas las nacionalidades. Que uno de esos grandes buques parta del puerto de Barcelona, por ejemplo, no implica que vaya lleno de catalanes. Allí encontrarás viajeros de los países nórdicos, de China, de Estados Unidos, de países árabes, alemanes, algunos españoles, italianos... algo tan variado como la ONU. Y con un punto en común: suelen salir de casa con ganas de gastar dinero. Por eso cuando un enorme crucero, con cuatro, cinco o seis mil turistas a bordo, atraca en el puerto de Palma, los que desembarcan proceden de medio mundo. En cuanto ponen un pie en tierra firme, se dedican a gastar. Y no, no es una soflama a favor de ese tipo de turismo. Es una realidad que quizá algunos desconozcan. Porque de otro modo no se entiende el entusiasmo demostrado por las autoridades locales al hacer balance de la línea aérea entre Nueva York y Palma establecida este verano. Algo menos de diez mil estadounidenses han aterrizado en Mallorca y han gastado su dinero aquí. Todo son parabienes, alegría, aplausos y proyectos para consolidar esa nueva ruta de la seda que, vía aérea, nos llenará de oro. Mientras, se establecen límites y se demoniza al crucerista que igualmente viene desde Nueva York, gasta sus dólares en nuestros restaurantes y comercios y conoce la Isla con respeto y alegría. ¿Cuál es la diferencia? Que los que vuelan necesitan reservar una plaza hotelera. Los otros, no. ¿A qué intereses sirve el Govern? ¿Contaminan más 48 vuelos transoceánicos o dos cruceros (que suman esos mismos 9.600 turistas)? Habría que hacer muchos números y justificar el apoyo para unos y el desprecio para otros.