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No comprendo que un partido político se vea con derecho a decirme a quién le puedo dar o no lo que yo, con mi esfuerzo, me he ganado a lo largo de mi vida. Lo anoto a raíz de las declaraciones de un socialista balear sobre el tema de las herencias. El hombre decía que veía injusto que un sujeto pasivo –refiriéndose a los hijos– pudiera recibir la herencia de un sujeto activo –los padres–, y proponía que pasasen a ser propiedad del Estado, o sea, el comunismo: ese desastre que en cuanto uno viaja a Rusia, no a Moscú o a San Petersburgo, esos escaparates diseñados para engañar a los turistas y mentirle al mundo, sino a la Rusia real, a la pobre, a aquella en la que todo es de todos y nada funciona, a aquella en la que hagas lo que hagas tienes el mismo sueldo y en la que la gente con ganas de trabajar no se ve incentivada, a la que vive triste por no poder ayudar a sus hijos. Patético. Pero lo que menos me agradó del discurso del socialista –no creo que todos piensen como él–, fue que durante su propuesta evitase usar palabras como padres, hijos, personas, amor, problemas, familia… No entendí esos olvidos porque, bajo mi punto de vista, hay dos motores que incentivan a un ser humano a trabajar, uno es su propia supervivencia y bienestar, pero el otro es la preocupación por sus hijos. ¿O es ilegal tenerla? ¿O, como padre, me tiene que dar igual el futuro de mis hijos? Y es que las personas no somos sujetos activos y pasivos, gracias a Dios, porque tenemos otros lazos y valores que nos unen y nos mueven. Esta semana estaba pensando en Ana Gabriel, la política catalana que, a la hora de hacerse responsable de las consecuencias de intentar independizar Cataluña fue ‘lista’ y se largó porque proponía que los hijos no fuesen educados por los padres, sino en internados del Estado donde se les podría adoctrinar y convertirlos en sujetos pasivos y activos, en comunistas. Dicen los progresistas que luchan por nuestra libertad, pero yo, viendo propuestas como la de decirte que lo tuyo no es tuyo –¡vaya mierda de libertad!– y que no puedes ni dárselo a tus hijos, es evidente que nos quitan libertades y que nos quieren dictar hasta lo que tenemos que hacer con nuestros sentimientos: matarlos.