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De tanto escuchar atentamente la omnipresente prédica progresista, terminé convertido a la nueva religión. O sea que desde ahora, soy progre. Bueno, me estoy incorporando poco a poco. Pido un poco de paciencia porque voy por el camino correcto. Ahora mismo estoy asumiendo sus postulados de la responsabilidad social. Así que este agosto mi vida ha empezado a cambiar. Como primer paso, es inevitable que este verano cancele las vacaciones. ¿No pretenderán que me aloje en una de esas cadenas hoteleras que explota a las camareras de piso, que construye sus edificios en las zonas más ambientalmente sensibles, que seguramente ha crecido a costa de pagar salarios de risa y aprovechándose de la corrupción de los países tercermundistas a los que se ha expandido? Ni hablar.

Tampoco voy a comprar mi alojamiento a través de Booking, la multinacional americana propiedad de no se sabe qué fondo buitre de los que pululan en Wall Street, que se queda con el quince por ciento del precio del hotel por no hacer nada. Esto es un abuso ante el que me planto radicalmente. Encima, en el caso irresponsable de que viajara, habría tenido que hacerlo con alguna de las aerolíneas low-cost que en realidad son low-salaries y que han hecho de los aeropuertos los lugares con más trabajadores explotados del mundo. Con un poco de responsabilidad social por el planeta, con sólo haber escuchado una vez a Greta, convendrán que mejor ni hablamos de ir de viaje en avión. No quiero que mi ocio termine siendo la fuente de riqueza de quienes han fabricado aviones primando el negocio sobre la seguridad, como Boeing.

Tampoco me iré en coche, porque no se trata de que con el esfuerzo de mi trabajo estemos enriqueciendo a la dictadura saudita cuyo máximo responsable aplica la pena de la motosierra a los periodistas críticos. Responsabilidad social significa eso, asumir que lo que uno hace tiene consecuencias y usar combustibles fósiles por un lado alimenta dictaduras y por otro destruye el planeta, por lo que, además de quedarme en casa, tampoco enciendo el aire acondicionado. Yo sé, porque estoy responsablemente informado, que apenas el seis por ciento de la energía eléctrica de Baleares procede de fuentes renovables, de manera que seguiremos las instrucciones de Sánchez: sin corbata y sin aire.

Iría siendo hora de desayunar, pero ninguna de las marcas de café a mi alcance me garantiza que paga adecuada y justamente a los productores de los países tropicales. Tampoco el té de Ceylán, hoy Sri Lanka, me asegura para nada que el dinero llegue a origen. Por algo este país está hoy en la ruina económica. Iba a ir a comprar, pero no es fácil porque sólo unos pocos establecimientos ofrecen productos locales. Naturalmente, no querrán que alguien concienciado como lo estoy yo ahora financie el disparate del transporte de productos de otras regiones –contaminación, explotación, abusos– y he pedido sólo aquellos que me garanticen el uso de abonos naturales, orgánicos les dicen, y no químicos. Vamos, cagadas de vaca auténticas. Aunque no sé yo si esto del abono de vaca es muy sano porque sus pedos también destrozan el planeta.

Iba a ver un poco de televisión, pero como profesional de la comunicación, no quiero subir el rating de empresas que se han dedicado a externalizar su producción para bajar los costes, creando un sistema de subcontratas cuya única consecuencia indiscutible es que nadie cobra un salario digno. Ahora mismo, por cierto, dejaré de escribir. No puedo ignorar que usando ordenadores fabricados por la ominosa dictadura china estamos contribuyendo a la esclavitud y sumisión del pueblo uighur. Me lo ha dicho Amnistía, creo. Que también confirma que el Tibet sufre los abusos de Pekín. O sea que me permito un último párrafo y pliego. Vestirme es otra: ¿cómo compro ropa yo que proceda de niños explotados en Bangladesh o en Vietnam?

Así que aquí me ven: sin salir de casa, sin aire acondicionado, casi sin comer, sin vestir, sin tecnología, viviendo en coherencia, como toca con una persona que ha decidido asumir sus responsabilidades ante la comunidad. Y aún me queda incorporar los postulados de Irene Montero y los lingüísticos, porque me temo que no hablo como toca. Les confieso que esta vida es tan insoportable y cínica que me empiezo a explicar por qué la izquierda es incoherente: es que esto no es vida. Y encima, a diferencia de las viejas religiones, las que sí sabían, la de los progres ni siquiera tiene una semana de Carnaval en la que el pecado está tolerado. Pero voy a persistir, que para algo me he convertido.