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Fue en tiempos de Franco cuando se decidió que había que dar una oportunidad a las muchas zonas de secarral existentes en este país.Aún no se había oído hablar del cambio climático, pero cualquiera que se animara a cruzar laPenínsula pensaba que se hallaba en el fin del mundo, con kilómetros y kilómetros de secano. Sin embargo, la modernidad permitió crear auténticos vergeles en lugares casi desérticos, gracias al milagro del regadío y a la creación de decenas de embalses y pantanos. Hubo en aquellos años negros un festival de inauguraciones y el país, poco a poco, cambió su fisonomía y sus costumbres. El consumo de un agua que no caía del cielo era brutal, pero los resultados acompañaban.

Ahora, con el cambio climático, estamos ante una situación parecida: en lugares donde el verano es infernal –Mallorca, por ejemplo– intentamos recrear las condiciones climáticas del Edén. Gracias a miles de aparatos de climatización, nos acostumbramos a vivir a unos agradables 24 grados cuando en el exterior el aire asciende peligrosamente hacia los cuarenta. No ocurre un día aislado, sino cada vez más de forma continuada, desde mayo hasta casi octubre. Necesitamos hielo en cantidades industriales para poder beber un simple vaso de agua y colocamos hasta nebulizadores en las terrazas.Es decir, queremos crear una burbuja artificial al más puro estilo de los tórridos Emiratos Árabes. ¿Es lógico vivir así? Lo natural es cultivar huertas donde llueve y pasar el verano en lugares donde uno puede permanecer un rato en la calle sin caer desplomado por el calor. El coste de este empeño contranatura es elevadísimo, no solo en dinero, sino también en contaminación. Más aparatos, más consumo y más calor. Una locura.