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Este domingo falleció mi vecina de toda la vida. Le quedaban 11 días para cumplir 98 años. «Cuando cumplas cien te dedicaré un artículo en Ultima Hora», le decía, y ella me abrazaba sonriendo. Su hijo asegura que a mí sí me reconocía. Un ictus le había hecho perder la memoria y en los últimos meses apenas respondía a estímulos. Yo la recuerdo siempre cariñosa y alegre. Me cuidó muchas veces de pequeño. Mi madre me preguntaba dónde me quería quedar y yo contestaba siempre lo mismo: «En casa de Anina».

Martina rompía el estereotipo del carácter mallorquín. Era una persona muy abierta que conocía a todo el barrio y le encantaba visitar a los vecinos. Tenía una forma especial de llamar al timbre. «Esa es Martina», decía mi madre. Y aparecía ella con naranjas de su finca como excusa para charlar un rato. El tema estrella era su pueblo: Maria de la Salut. Allí nació Martina el año 1924 en una familia de payeses. Con solo 11 años empezó a trabajar guardando niños y recogiendo almendras. Un año después vivió la Guerra Civil. Ella recordaba cómo los falangistas obligaron a su padre a pagar 250 pesetas por haber votado a las izquierdas. Este pueblo fue uno de los pocos de Mallorca donde el Frente Popular obtuvo mayoría en las elecciones de 1936.

La familia no tenía ese dinero y, cuando creían que vendrían a detenerlo, intervino el alcalde, que era su primo, y le perdonaron la multa. Cuando cumplió 20 años, Martina se casó con otro payés del pueblo: Miguel Fiol Arlés. Se dedicaron a trabajar en la finca de Son Fiol, propiedad de la familia March, y tuvieron dos hijos: Antonio y Miguel. Con el tiempo prosperaron y se pudieron comprar su propia finca. La vida le dio un revés en 1963. Su marido murió de cáncer con solo 47 años. Nunca quiso rehacer su vida: «Yo soy mujer de un solo hombre», decía. Era muy fuerte. Nunca se puso enferma: «Solo he guardado cama después de parir», repetía.

En 1975 se compraron un piso en la avenida San Fernando de Palma y comenzaron una nueva vida. En los últimos años se le veía pasear por la zona con su andador. Se sentaba en el banco de la esquina y, sin apenas visión, se emocionaba cuando alguien la saludaba. El funeral fue oficiado este lunes en Maria de la Salut por el sacerdote Jaume Ribas. «Tú debes decir la misa cuando me muera», llevaba años advirtiéndole. Facebook se llenó de condolencias. Que descanse en paz una persona buena de verdad.