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El pasado domingo, 19 de junio 2022, se celebraron elecciones en dos puntos del planeta conectados ambos al menos por dos factores: una misma lengua, una misma fe y, en medio, una visita: la de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen al papa Francisco. Votaciones en Andalucía: era el día del Corpus, así que en Granada salió en procesión el Cuerpo mismo de Jesús. Con la conquista de Granada se completó la cristianización de lo que hoy llamamos España.

Colombia, por su parte, vive una situación de guerra civil que dura por lo menos desde los años 80 y la candidatura triunfadora es una coalición formada por antiguos guerrilleros. En ambos casos está en juego una forma de vida que surge en Grecia, se extiende por toda Europa y llega a América de la mano de Inglaterra, España y Portugal. España teme perder esa forma de vida y Colombia trata de implantarla, como trata de implantarla Ucrania. Europa sufre o disfruta de un sistema político tan envidiado que es capaz de lanzar a la guerra más salvaje a formas muy dispares de entender la realidad. Ambos persiguen hoy el sueño europeo como no hace mucho perseguían el sueño americano.

No es de extrañar, pues de la mano de ese sueño se han nutrido, generación tras generación, las aspiraciones de millones de personas, pero el problema es que la fuerza de ese sistema no se llama democracia se llama decencia, ética y ha sido el mensaje cristiano el que ha mejorado la vida de las personas durante siglos. No se puede construir sobre el dolor ajeno, no es posible porque se busca edificar sin cimientos y cualquier cosa que se intente levantar de esa manera causará más destrozos en su caída. Von der Leyen da la impresión de tener fe en las cálidas miradas que dirige al Pontífice, arrodillándose a los pies de su silla de ruedas. Sin embargo, además de la fe, hacen falta las obras o Europa morirá de éxito.