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Supongo que siempre se ha actuado de un modo parecido, pero ahora se constata con más evidencia que nunca: el cinismo de unas gentes que desde su bajeza moral pretenden erigirse en ejemplos de virtud y hasta en jueces respecto a quienes son como ellos o hasta más virtuosos que ellos.
Se dice que se juzgan los crímenes de guerra. En efecto, pero siempre y solo desde la perspectiva de los vencedores sobre los vencidos, responsables estos de atrocidades tan reales como las perpetradas por los vencedores de todos los tiempos. En Nuremberg se juzgó las barbaridades incalificables de unos, pero faltó otro Nuremberg para considerar las de los otros, que también las hubo. Basta mirar las fotos aéreas sobre ciudades como Berlín o Dresde una vez acabada la segunda gran guerra, arrasadas como lo fueron también Hiroshima o Nagasaki, en todas las cuales civiles de todas las edades e índoles desaparecieron para siempre del mapa y de la vida. Aquí tampoco nadie juzgó a los responsables del bombardeo de Guernica.

Y, sin embargo, toda guerra es un crimen. Imaginémonos por unos instantes que en una de nuestras calles dos individuos empiezan a discutir acaloradamente, cada cual con su propia razón por delante. E imaginemos que la discusión deriva en pelea violenta hasta tal punto que uno de los peleones saca un cuchillo y agrede al otro, el que se saca también a la vez un arma blanca. Entonces no solo empiezan a acuchillarse brutalmente sin piedad alguna, sino que las gentes presentes que les observan no los separan ni apaciguan, sino que los animan en su pelea y hasta les proporcionan armas más eficaces para que se desangren hasta el exterminio. ¿Cómo calificaríamos este hecho deleznable? ¿Lo censuraríamos? Pues lo mismo, pero en grandes proporciones, ocurre cuando en vez de ser dos individuos son varios los que enardecen a otros muchos para que se enfrenten a otros muchos, capitaneados también por unos grupos que desean también el conflicto. Esto es lo que ocurre con las guerras.

Desde sombríos despachos de intereses varios, políticos dirigidos por poderes económicos o enloquecidos por pasiones extremas mandan a multitudes a acuchillarse, eliminarse y masacrarse en nombre de mentiras, de idealismos y al amparo de derechos nacionales e internacionales cuya redacción y aprobación habrá corrido a cargo de estos mismos políticos para así justificar lo injustificable, estos políticos que si logran salir victoriosos de su pelea colectiva luego se podrán al amparo de sus leyes para juzgar y condenar a los vencidos, pero solo a estos. A los otros, los vencedores, se les ofrecerán coronas y poemas. Y, mientras tanto, las gentes ajenas a lo que deciden sus cúpulas de poder ahí estarán: unas masacradas, otras viéndose obligadas a asesinar, otras soportando la desgracia durante el resto de sus vidas y otras, en el mejor de los casos, viendo cómo parte de sus propios impuestos van destinados, en definitiva, y en contra suya, a acuchillar, matar y destruir.

Es muchísimo más que indignante contemplar y soportar cómo nos mienten, utilizan y se aprovechan de nosotros incluso para lo más repugnante y criminal. Sin duda nada de esto tendrá perdón de Dios, si es que Dios existe. Tendrían que saberlo.