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De Felipe VI se pueden decir muchas cosas, pero en ningún caso que no practica el ahorro: mete en la alcancía nueve de cada diez euros que gana. Es una pena, sin embargo, que no pueda, desde su influyente magistratura, contagiar con su ejemplo a los españoles, la mayoría de los cuales están o se van quedando más secos que la mojama. El Rey se levanta cada mes un sueldo de unos veinte mil euros, que no está mal, pero podía fundírselos en timbas o, como Luceño y Medina, en yates y coches horteras. No, el Rey ahorra y fruto de esos viajes a la hucha tiene, o dice tener, más de dos millones y medio de euros. Claro que a Felipe de Borbón le resultaría imposible no ahorrar, pues se lo pagan todo, la casa, la luz, el teléfono, el vestuario, la servidumbre, los viajes y los cuarenta y tantos coches que tiene a su disposición con chóferes y depósitos llenos. ¿Quién le paga todo eso, hasta un monto que rebasa anualmente los 80 millones más un sinfín de extras de imposible cuantificación? Pues aquellos que no pueden ahorrar un duro a causa, en alguna medida, de tener que pagar a escote todo eso.

Felipe VI ha decidido modernizarse y ha hecho públicas sus cuentas, loable intención si no fuera porque la institución que encarna no puede modernizarse en absoluto, pues desaparecería. Puede hacer como que se moderniza haciendo esa cosa que atiende al nombre de ejercicio de transparencia, pero no se necesita ser muy perspicaz para comprender que ese fitness genera otra opacidad. La cuestión no es tanto el salario del Rey como cuánto cuesta realmente al erario la Casa Real y eso permanece en la nebulosa.

Además de los 80 kilos revelados, ahí está Patrimonio Nacional con los suyos, o sea, los nuestros, y los ministerios de Defensa e Interior con los ingentes recursos públicos destinados a la real familia. El coste total se ignora, pero sí se sabe que permite al Rey seguir ahorrando tranquilamente. Hermosa virtud que los españoles quisieran imitar y no pueden.