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Regreso de la noche más profunda, del pozo más oscuro, de tres días seguidos sin móvil. Es posible sobrevivir a algo así, en serio. Pero no es fácil. Cada pocos minutos, tu mano busca esa extensión de tu cuerpo que es el móvil. Lo peor es que pasamos el fin de semana en Can Picafort y no pude hacer ni una sola foto de sus calles vacías, de sus casas en primera línea de costa, maltratadas por el salitre.

La mañana del sábado desperté pronto y me instalé en la terraza del apartamento donde nos quedábamos, orientación este. Tenía solo para mí el mar electrizado de la bahía de Alcúdia, el sol huidizo de este mes de marzo. Aquella estampa bien merecía un selfi, una subida a Instagram con comentario ingenioso incluido. Pero no pudo ser y tuve que contentarme con seguir leyendo la novela que tengo en marcha. Y aquí estoy de regreso, con las manos vacías, tecleando esta ausencia. Pero no enloquecí, no caí en la desesperación. Me merezco una estatua. Soy un héroe.