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Hace unos años, Carmen Riera, en su discurso en la Real Academia Española, acto brillante al que tuve la fortuna de asistir, hizo un magistral repaso a la Mallorca vista como un paraíso por tantos y tantos artistas de casi todas las disciplinas: desde Rubén Darío o Azorín a Rusiñol pasando por el Archiduque. Ciertamente, y no podía ser de otra forma, el paisaje mallorquín ha embelesado a millones de turistas y de paso a infinidad de pintores. Uno de ellos fue el tío de Antonio López (el expediente de su estancia en Mallorca en 1941 está en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid). ¿Otros?: Mir, Anglada Camarasa y toda la escuela pollensina, más Pilar Montaner o el mismo Coll Bardolet, o los preciosos dibujos a plumilla valdemossines de Elmar Drastrup. Los ejemplos de una visión clásica de nuestro paisaje son casi infinitos y muchos de gran valía; pero, afortunadamente, hay otras y de eso es lo que me gustaría hablarles hoy.

En efecto, hay un paisaje y un paisanaje mallorquín traducido por algunos pintores, casi siempre extranjeros, que muestran una Mallorca muy distinta. Estos artistas con su paleta vieron el horizonte isleño de otra manera, desde sus emociones, metalenguaje y estilo propio: es el caso de Kretzschmar, Artur Segal o Adolfo Valette: unos impresionistas, otros expresionistas o cubistas, pasados todos por el turmix de las vanguardias. Crearon o recrearon otra Mallorca en la que su lenguaje pictórico es lo importante y no la Isla en sí. Uno de estos pintores fue el inglés Albert Goodwin (1845-1932) que figura entre los más notables paisajistas británicos. A los 15 años ya expuso en la Royal Academy (Londres), fue miembro destacado (desde 1876) de la Royal Watercolour Society; pintor de largo aliento y con un estilo que siempre fue el mismo, bien es verdad que si estaba en la Suiza de los lagos, en la Francia monumental, en la Inglaterra industrial, o en Mallorca, variaban sus matices. Fue un gran viajero: Canadá, Egipto, Nueva Zelanda, Australia, etc. Sus obras fueron muy bien recibidas entre otras razones porque uno de los críticos más famosos de la época, el filósofo John Ruskin, las ensalzó.

Estuvo en Mallorca en 1925, detallar su paso por sa Roqueta es algo que está por investigar. Es posible que se alojara en algún hotelito del Port de Sóller porque tiene varias acuarelas de esa zona. Su pintura se caracteriza por su singular tratamiento de la luz crepuscular y de las sombras lo que evidencia una potente influencia de Turner y los prerrafaelitas. Muchas de sus acuarelas, incluidas media docena de las pintadas en Mallorca, muestran los atardeceres crepusculares limitados y sui géneris en la Catedral o en el Port de Sóller o en el litoral alcudiense. Junto con las luces de mil tonalidades una de sus peculiaridades es que en sus escenarios los humanos siempre aparecen empequeñecidos, casi a merced de lo telúrico. Sus cuadros son visionarios y evocan un paisaje mallorquín fantástico con toques apocalípticos, asunto nada habitual en la historia, por otra parte tan rica y variada, de nuestra pintura.