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Para un exagente de la KGB debe ser muy duro contemplar los antiguos predios del Pacto de Varsovia bajo el influjo de la OTAN. Ahora bien; si ese ex KGB se llama Putin, Vladimir Putin, la cosa se complica, ya no se trata del dolor producido por el tósigo de la nostalgia, sino el descabellado propósito de revertir el tiempo y regresar al mundo de hace 30 o 40 años. Solo allí, en el imposible pasado, alguien como Putin puede suponer que hallaría el remedio para su sideral frustración.

Un emperador, o alguien que necesita creerse que lo es, necesita un imperio, pero un imperio perdido no se recupera jamás. Los regímenes títeres y pastueños de algunas pocas repúblicas que componían la URSS y que siguen orbitando en torno al Kremlin, Bielorrusia o Kazajistán, no alcanzan a satisfacer el ensueño imperial, y menos cuando para que éste adquiriera visos de materialización precisaría un bocado más grande e infinitamente más emblemático: Ucrania. Tampoco parece satisfacer el ensueño imperial de Putin el ir dándole mordisquitos, Crimea, el Donbass, sino antes al contrario por la debilidad que desvela el uso ratonero de hombrecillos verdes, aquellos soldados sin aparente filiación.

Lo que está ocurriendo en la frontera entre Rusia y Ucrania es, en gran medida, lo que le está ocurriendo a Putin, que ve la creciente desafección del pueblo ruso hacia su persona y hacia el régimen totalitario, híbrido del zarista y el soviético, que le aherroja. Al rebufo de lo que le pasa a Putin, emperador sin un mal imperio que llevarse a la boca, pasan, desde luego, muchas más cosas, todas cuantas suscita la agresiva compulsión del personaje en los países próximos. A quienes promueven guerras, les importa una mierda, lógicamente, la vida de sus semejantes, y la mención a esas vidas, como a las 14.000 que ya se han perdido en los zarpazos de Putin a Ucrania en el Donbass, se echa de menos en las infografías, en los mapas y en los análisis de la situación.