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Las expectativas depositadas en Dembelé hace 4 años fueron enormes. El futbolista francés deslumbró en la Bundesliga y el Barça antepuso su fichaje a Mbappé. ¿Se arrepiente de ello la anterior directiva presidida por el inefable Bartomeu? Dembelé no ha rendido como se esperaba, sus reiteradas lesiones musculares han mermado su participación. Su escasa comunicación, la sensación de aislamiento, quizás por una cultura distinta o, sencillamente, que le trae al pairo lo que acontece más allá del vestuario (y dentro), han instalado en la mente del aficionado la sensación de que era un fraude.

Cuando juega se le vislumbra un talento indiscutible que le podría catapultar a lo más alto (Laporta afirmó que era mejor que Mbappé, rompiendo una lanza a favor de Bartomeu), pero el aficionado ya no le da crédito. Lo inconcebible es que un trabajador, pese a la cantidad de millones de euros que cobra, sea puesto en el punto de mira de toda una afición para que se le condene por no implicarse en un supuesto plan de futuro. Dembelé firmó un contrato por una serie de años, lo que implica una cantidad de dinero por temporada. El autoritarismo de una directiva no le debe impedir decidir sobre su futuro. Tampoco el grave problema económico del club es de su incumbencia ni la tan temida masa salarial. Él no fichó para saber de números.

El club puede hacerle un ERTE si presenta un balance negativo, pero nunca servirle de diana para que el aficionado lo insulte y mancille. Dembelé tiene medio año más de contrato y ni Mateo Alemany ni Xavi Hernández deben chantajearlo de ese modo tan vil. A Messi se le permitió jugar un año más teniendo en cuenta que no quería renovar. Dembelé no es Messi, pero como cualquier otro trabajador se merece un mínimo de consideración.